Erfoud – Fez
Sabíamos que el recorrido iba a ser largo: 430 km. Después de un buen desayuno, partimos. Nos explicaron que íbamos a ver muy buenos paisajes mientras el bus trepaba. Llegamos a almorzar a un hotel Xaluca, una construcción de madera y piedra que me recordó a las de Bariloche, frente al lago Sidi Ali, con los cedros como los árboles más destacados.
Xaluca Lac: piedra, madera y un sillón gigante que da la bienvenida frente al lago Sidi Ali
Erfoud, Bahlil, Fez
Andando llegamos a Bahlil, un pueblo cercano a Fez, los habitantes, bereberes del Atlas Medio, vivían tradicionalmente en cuevas, que hoy quedaron integradas a las viviendas. Nos contaron además que, con el crecimiento del pueblo, las casas modernas ya superan a las cuevas.
Entramos a una de ellas la visita fue corta y muy cálida. El guía ordenaba la charla y hacía de traductor. La casa estaba impecable y nos ofrecieron un té. Adentro, la piedra clara a la vista, los divanes de colores y los juegos de té armaban un ambiente acogedor.
Estas cuevas se mantienen frescas en verano y templadas en invierno.
Ciudad importante, donde lo tradicional se entrelaza con lo moderno
Las puertas del Palacio Real (Dar al-Majzen)
Puerta de bronce calado, arcos de yeso y mosaicos de todos los colores: así recibe el Palacio Real de Fez.
Nos tomamos tiempo para algunas fotografías y llegamos a una gran plaza, sin saber con claridad dónde estábamos.
La visita a Fez fue, creo, uno de los momentos que merecen nuestra crítica por la forma en que se realizó. Tuvimos un guía local que, más que mostrarnos la ciudad, parecía interesado en que visitáramos distintos comercios. Entramos a cuatro lugares de venta, después de recorrer pasillos de los que hoy me pregunto a qué parte de Fez correspondían.

De un pasillo cubierto a otro lleno de puestos: así nos fuimos moviendo, sin saber muy bien dónde estábamos.
No pudimos conocer la medina, la única que puede visitarse por dentro.
En Fez el turismo es un motor de la economía. Se realizan artesanías regionales y muchos productos, como los platos de bronce, se hacen de manera artesanal, con una técnica que se transmite por herencia familiar.Nuestro grupo avanzaba con el guía local a la cabeza y un señor cerrando la fila.(por precaución) Nos dieron algunas recomendaciones por si alguien se separaba, pero no nos contaron que los colores pintados en las paredes indican el recorrido a seguir. Por ejemplo, la línea naranja marca la ruta de la artesanía y los zocos. Nos hubiera resultado más práctico saber eso que escuchar: “si se pierde, quédese parado, ya lo encontraremos".
¡Una fotografía conocida, y qué impacto verla en persona! Entre los elementos que se usan para el teñido está el excremento de paloma. Miramos desde la ventana sin terminar de creer lo que veíamos: gente trabajando bajo el sol, metida en los piletones. Era tan fuerte que no había análisis posible. ¿Comprar? Me atendió un señor que de vendedor no tenía nada. Lo que yo quería conocer me resultó triste.

En nuestro paseo por Fez, la ciudad se nos mostró primero en su faceta más comercial: zocos repletos de telas, especias y artesanías que perfuman el aire con colores y aromas. Entre ese bullicio, quedó suspendido un cartel que hablaba de otro corazón de la medina: la Mezquita Al‑Qarawiyyin, fundada en el año 859 por Fátima al‑Fihriya. Más allá de las tiendas y los regateos, este lugar recuerda que Fez no solo fue mercado, sino también cuna de conocimiento. La universidad que allí nació sigue viva, dedicada a los estudios islámicos, y su biblioteca guarda manuscritos que dialogan con siglos de historia. Así, la ciudad se revela doble: comercio y espiritualidad, ruido y silencio, lo efímero de la compra y lo eterno del saber.

















































