10.19.2026

Marruecos: Erfoud - Fez

 Erfoud – Fez

Sabíamos que el recorrido iba a ser largo: 430 km. Después de un buen desayuno, partimos. Nos explicaron que íbamos a ver muy buenos paisajes mientras el bus trepaba. Llegamos a almorzar a un hotel Xaluca, una construcción de madera y piedra que me recordó a las de Bariloche, frente al lago Sidi Ali, con los cedros como los árboles más destacados.


Xaluca Lac: piedra, madera y un sillón gigante que da la bienvenida frente al lago Sidi Ali

        Después del almuerzo, con la hora de salida del bus bien presente, salimos a ver el lago.            
Detrás del hotel, el lago Sidi Ali, con un sendero de madera y las lomas cubiertas de cedros.

Erfoud, Bahlil, Fez

Andando llegamos a Bahlil, un pueblo cercano a Fez, los habitantes, bereberes del Atlas Medio, vivían tradicionalmente en cuevas, que hoy quedaron integradas a las viviendas. Nos contaron además que, con el crecimiento del pueblo, las casas modernas ya superan a las cuevas.

                                     

Entramos a una de ellas la visita fue corta y muy cálida. El guía ordenaba la charla y hacía de traductor. La casa estaba impecable y nos ofrecieron un té. Adentro, la piedra clara a la vista, los divanes de colores y los juegos de té armaban un ambiente acogedor.


Estas cuevas se mantienen frescas en verano y templadas en invierno.

 

Después de la casa caminamos un rato por las calles del pueblo. Algunos niños nos seguían. El guía había sido claro: nos pidió que no les diéramos dinero, para que no se acostumbren a pedir y puedan crecer con la idea del trabajo.
Recorrimos algunas calles del lugar, el bus nos esperaba, continuamos viaje.

FEZ

 Ciudad importante, donde lo tradicional se entrelaza con lo moderno

 Las puertas del Palacio Real (Dar al-Majzen)






Puerta de bronce calado, arcos de yeso y mosaicos de todos los colores: así recibe el Palacio Real de Fez.


Ángel frente a una de las puertas de bronce del Dar al-Majzen: se aprecia la escala del portal.

Al comienzo disfrutamos de los grandes portales

Nos tomamos tiempo para algunas fotografías y llegamos a una gran plaza, sin saber con claridad dónde estábamos.

La visita a Fez fue, creo, uno de los momentos que merecen nuestra crítica por la forma en que se realizó. Tuvimos un guía local que, más que mostrarnos la ciudad, parecía interesado en que visitáramos distintos comercios. Entramos a cuatro lugares de venta, después de recorrer pasillos de los que hoy me pregunto a qué parte de Fez correspondían.



De un pasillo cubierto a otro lleno de puestos: así nos fuimos moviendo, sin saber muy bien dónde estábamos.

No pudimos conocer la medina, la única que puede visitarse por dentro.

En Fez el turismo es un motor de la economía. Se realizan artesanías regionales y muchos productos, como los platos de bronce, se hacen de manera artesanal, con una técnica que se transmite por herencia familiar.
           Bronce brillante y grabados finísimos: cada pieza lleva horas de trabajo artesanal.
                               
                                       
Médico de profesión, hijo de artesano: el dueño del local con una de sus bandejas de bronce, mientras un maestro graba otra al fondo.

Nuestro grupo avanzaba con el guía local a la cabeza y un señor cerrando la fila.(por precaución) Nos dieron algunas recomendaciones por si alguien se separaba, pero no nos contaron que los colores pintados en las paredes indican el recorrido a seguir. Por ejemplo, la línea naranja marca la ruta de la artesanía y los zocos. Nos hubiera resultado más práctico saber eso que escuchar: “si se pierde, quédese parado, ya lo encontraremos".

Muros encalados, puertas con clavos y un arco que invita a seguir: los pasillos de Fez se doblan y se pierden.

Después de caminar por pasillos que no sabíamos adónde nos llevaban, llegamos a los negocios: uno de chucherías, otro de platos de cobre, otro de telas y tapetes y, por último, el más conocido, el de cuero.

Un techo de faroles calados y una mesa llena de teteras: así era uno de los locales


Ángel y yo, reflejados en un espejo con marco labrado, entre faroles y bandejas.



Un salón lleno de telas y tapetes, con el telar funcionando al fondo y un cartel que dice ‘Habibi, machi mochkil’ (algo así como ‘querido, no hay problema’).
Subimos una escalera con una ramita de menta en la mano, para soportar el mal olor que sube de los piletones donde se tiñe el cuero.
Desde la ventana, la curtiembre de Fez: un mosaico de piletones en medio de la medina.


De cerca, el trabajo: hombres agachados al borde de los piletones, en medio del olor.

¡Una fotografía conocida, y qué impacto verla en persona! Entre los elementos que se usan para el teñido está el excremento de paloma. Miramos desde la ventana sin terminar de creer lo que veíamos: gente trabajando bajo el sol, metida en los piletones. Era tan fuerte que no había análisis posible. ¿Comprar? Me atendió un señor que de vendedor no tenía nada. Lo que yo quería conocer me resultó triste.
Burros cargados de cueros avanzan lentamente por las calles de Fez, como un eco del oficio antiguo que aún respira fuera de las curtiembres


 



                                                 

En nuestro paseo por Fez, la ciudad se nos mostró primero en su faceta más comercial: zocos repletos de telas, especias y artesanías que perfuman el aire con colores y aromas. Entre ese bullicio, quedó suspendido un cartel que hablaba de otro corazón de la medina: la Mezquita Al‑Qarawiyyin, fundada en el año 859 por Fátima al‑Fihriya. Más allá de las tiendas y los regateos, este lugar recuerda que Fez no solo fue mercado, sino también cuna de conocimiento. La universidad que allí nació sigue viva, dedicada a los estudios islámicos, y su biblioteca guarda manuscritos que dialogan con siglos de historia. Así, la ciudad se revela doble: comercio y espiritualidad, ruido y silencio, lo efímero de la compra y lo eterno del saber.

Y para completar el recorrido, no pudimos entrar a la medina: tantas paradas en comercios hicieron que, cuando terminamos, ya no se pudiera visitar.

Marruecos: El desierto

 El desierto

Posiblemente nos pasó que, cuando hablamos de Marruecos, se nos presenta la imagen del desierto. Y ahora, estando en el mismo Marruecos, allí está el Sahara. Hay una imagen: esas dunas casi naranjas y los dromedarios.


                El Sahara tal como lo imaginábamos: dunas anaranjadas y dromedarios en reposo.

Los dromedarios, todos sentados, esperaban la salida hacia las dunas. Son animales dóciles y tranquilos. Una vez que uno sube, se ponen de pie en dos tiempos: primero levantan las patas de atrás y después las de adelante. Hay que enderezarse y acompañar el movimiento. Pasado ese sacudón, solo queda disfrutar el camino. 


                      Listos para salir: el campamento queda atrás y el pañuelo ya está puesto.



Pañuelo contra el sol y el polvo, y la mirada de Ángel puesta en el cielo del desierto.


                           La caravana avanza despacio sobre la arena anaranjada.

               

    Descansan y esperan, mientras nosotros disfrutamos los médanos.

Estamos a unos 2 metros de altura y nos adentramos en algo increíble, que no tiene comparación: único, inmenso, infinito. Dunas doradas, de arena con granos muy finitos. El día que recorrimos el desierto estaba sereno; cuentan que el viento levanta nubes de polvo que viajan miles de kilómetros. Nos favoreció la calma, pero las nubes no nos dejaron ver la puesta del sol.

                            


Dunas doradas hasta donde alcanza la vista; a lo lejos, un grupo cruza en cuatriciclos.

El guía, un señor humilde y alegre, además de caminar guiando al primer dromedario, sacó fotografías. Miramos a otros grupos, los que recorren el desierto en 4x4, y sentimos la soledad que representábamos en esa inmensidad. Regresamos montados en esos dromedarios a paso lento hasta el campamento.

                           

                                      

                                Ángel y el guía, con los dromedarios descansando atrás.

Allí nos esperaba un reconocimiento a quienes viven en carpas: un té de menta. 

        Charla con el guía antes de entrar a la carpa, todos con nuestros pañuelos de colores.

Anochecía. Nos acercamos a un gran patio donde se hicieron escuchar los tambores, tan típicos de los pueblos marroquíes, hubo algo de baile y una muy buena cena con el típico tajín.

                                  


Con su turbante azul y su túnica bordada, el anfitrión que organizó y sirvió la cena.

Habíamos hecho el recorrido hasta allí en una camioneta, y nuestro chofer nos estaba esperando; su turbante blanco ya no estaba tan impecable, pero aún lo conservaba. Cruzamos el desierto, donde el terreno se compone de gravilla, salinas y meseta rocosa, hasta llegar a la ruta.


Las camionetas nos esperaban en medio del desierto de piedras, junto a una carpa negra.

Nuestro chofer, con su turbante blanco, cruzando el desierto de regreso a la ruta.

 El hotel parecía un mundo nuevo.

                                     

   Después del desierto, el hotel: palmeras iluminadas y una pileta celeste en plena noche.

Marruecos: Garganta de Todra, Tinejdad y el Ksar El Khorbat

 Desde Ouarzazate, la puerta al desierto, llegamos a las Gargantas de Todra. Al ver esas inmensas paredes de roca quise hacer comparaciones, quizás con Talampaya en el color, pero las dimensiones de este macizo del Alto Atlas marroquí son incomparables. El río Todra serpentea a los pies del cañón; según nos contaron, son unos 600 metros de recorrido. A lo largo del camino, autos que ingresan (aunque parecería que no está autorizado) y vendedores que dan color al recorrido.





Gargantas de Todra

Ángel y yo, al pie de las paredes de las Gargantas de Todra: ahí se entiende por qué las dimensiones son incomparables.

El río Todra serpentea a los pies de las paredes 



Vestidos y telas de mil colores colgados contra la roca: los vendedores ponen el color en el camino de la garganta

Estas tierras están pobladas por el pueblo bereber desde siempre, y han conservado su cultura y sus formas de edificación: las kasbahs, antiguas fortalezas construidas con adobe (barro y paja). Y acá, de nuevo, vuelvo a comparar con la Ruta del Adobe, en Catamarca.


Tinejdad y el Ksar El Khorbat

Antes de seguir camino hacia el desierto, nos detuvimos en Tinejdad para visitar el Ksar El Khorbat, un poblado fortificado de adobe que me pareció una de las visitas más interesantes del viaje.         

Bienvenidos al Ksar El Khorbat: la Asociación para el Patrimonio y el Desarrollo Sostenible recibe a los visitantes en esta puerta de adobe.
   

Según leí después, el lugar se estaba desmoronando cuando se lo restauró con técnicas y materiales tradicionales, sumándole algunas comodidades modernas. Hoy cerca de la mitad de las viviendas siguen habitadas y el resto se transformó en museo, alojamiento, restaurante y un taller de artesanías de mujeres. La idea es preservar la historia y la cultura a través de un turismo sostenible que beneficie a toda la comunidad. Se nota al recorrerlo: se sigue construyendo con adobe, pero ya llegaron la electricidad y el agua.

Entre muros de adobe y vigas de palma, el cable de la luz recorre el pasaje: lo antiguo y lo moderno conviviendo en el Ksar.

Desde que nos explicaron el nombre, el Magreb me quedó resonando: en árabe significa “tierra de la puesta del sol”, el lugar donde el sol se oculta, el occidente. Allí vivieron, y en parte viven todavía, los bereberes nómades, para quienes, según nos contaron, la tierra es de todo el mundo. Esa idea me acompañó mientras recorríamos el poblado, una historia a la vez moderna y antigua.

                       

Miré hacia arriba y no supe adónde mirar primero: rejas trabajadas, adobe, madera antigua y un piso de colores en un solo patio.

Caminamos por pasajes cubiertos, con techos de adobe y vigas de palma, y visitamos el museo, con su telar, las alfombras y las grandes jarras donde se guardaban alquitrán, aceite y dátiles.                           

Marrruecos Ait Ben Haddu y Ouarzazate

 Del Atlas al Valle de las Rosas: Ait Ben Haddu y Ouarzazate


Salimos de Marrakech y comenzamos a observar un paisaje distinto: pueblos enclavados en las montañas del Atlas, que, según nos informaron, son una barrera natural frente al desierto del Sahara.          

                                 

                     Un pueblo entre las laderas del Atlas: el paisaje empezaba a cambiar.

Llegamos a Ait Ben Haddu, un ksar, un poblado fortificado del color bermellón que veníamos viendo y admirando en todo Marruecos: ese rojo vivo y ese naranja intenso y saturado. Nuestra intención era recorrerlo y entrar, pero no nos fue posible; no entendí con claridad el motivo, aunque creo que fue una cuestión de tiempo. Lo miramos y sacamos fotos desde afuera. Sus construcciones son de arcilla y adobe, levantadas en el siglo XVII,  fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

Cooperativa de alfombras

Alfombras tejidas a mano, colgadas en la fachada de la Coopérative Benimains: colores y dibujos geométricos por todos lados.

                          

    Ait Ben Haddu          

                     

Ait Ben Haddu, en tonos de arcilla y adobe: lo miramos y fotografiamos desde afuera.

               

   

Ángel y yo, con Ait Ben Haddu a nuestras espaldas.

Hoy el lugar se ha convertido en un set de filmación natural, y se entiende: se siente ese paisaje cinematográfico.

Seguimos viaje hacia Ouarzazate, donde el cine también es parte de la ciudad.  

                           


                        Las puertas de CLA Studios, uno de los estudios de cine de la zona.

                           



El Museo del Cine, con su portal de inspiración egipcia y un nido de cigüeña en lo alto del minarete.

                       


           
          Palmeras, murallas bajas y el desierto que empieza, desde la ventanilla del bus.

La tarde nos llevó por el Valle de las Rosas, camino a Boumalne Dadès, donde pasamos la noche. En una rotonda nos sorprendió un gran cuenco decorado con rosas.

                                  


             Una rotonda del Valle de las Rosas, con un gran cuenco y rosas que sobresalen.

Marruecos : Marrakech

 Marrakech

Llegamos a Marrakech y, después de instalarnos en el Grand Mogador Menara, nos dieron un horario para hacer una visita por la ciudad en calesa.

Recorrido en calesa

Creo que, si no hubiera estado en el programa, no se nos habría ocurrido andar en uno de estos carros tirados por caballos.

                    

                     
                             En la puerta del Grand Mogador Menara, en Marrakech.

Recorrimos gran parte de la ciudad en un anochecer cálido y con mucho tránsito. Los caballos, acostumbrados al ruido y a las bocinas, tiraban de la calesa sin inmutarse. El cochero revoleaba el rebenque por el aire, más como un juego que como una amenaza. A veces se daba vuelta para señalarnos algún monumento o lugar destacado.

Entre las calesas había una verdadera competencia: se pasaban unas a otras, quedaban atrapadas entre los autos, doblaban como podían y competían entre ellas y con cualquiera que se les acercara.

Fue un paseo diferente y entretenido. Más que la ciudad, nos atrapaban las situaciones que se iban creando, casi inesperadas para nosotros.

Marrakech de día

Marrakech asombra por su juego de colores y por sus olores diversos, sobre todo a menta, especias y cuero. Tiene una inquietud permanente y casi inquietante, y el llamado al rezo. Tanta variedad de sensaciones golpea, no da respiro, invade sin pedir permiso.

La charla del argán

Hicimos una parada en una "farmacia", aunque enseguida se vio que la señora, más que farmacéutica, era una vendedora excelente. Nos fue presentando cada producto derivado del argán: este para el dolor, aquel para cocinar, otro para la alergia... para todo había una versión. Hablaba con tanta seguridad y simpatía que, cuando quisimos acordar, estábamos todos comprando. Creo que no quedó nadie sin llevarse algo.

                      


Semillas de argán que me obsequió la vendedora. Gracias, intentaré que alguna de ellas germine.

La plaza Jemaa el-Fna

La gran plaza de Jemaa el-Fna, donde todo ocurre y todo se vende, una de las plazas mas vibrantes que he visto, tiene más de 10.000 metros cuadrados. Por la noche es casi imposible ingresar, porque la gente se agolpa. 


En esta mañana fue un buen recorrido. Ese pasillo donde se ven diversos productos. Alguna ventana que llama la atención para fotografiar.

Palacio de la Bahía

Y al fin llegamos al Palacio de la Bahía, admirable. Se entra por una puerta azul y un arco, con un piso de mosaicos, y al fondo se ve el verde del jardín. Adentro hay patios con fuentes en el centro, que te hacen esperar el agua tan valorada, mosaicos coloridos y yeso tallado. Todo es una muestra de un trabajo artesanal impecable. Acá no había máquinas ni internet… todo se hacía a mano, con paciencia y con tiempo.



Nos llamaron la atención algunos detalles, como las ventanas. Detrás de una reja dorada de hierro forjado se asomaba un techo de madera pintado en rojo, azul y amarillo. Justo estaban restaurando esa zona y se veía a los operarios trabajando. Y el patio blanco y azul de la fuente, con sus arcos y su piso de mosaicos, daba silencio, sombra y mucha luz.



Bello palacio, digno de visitarse. Un buen almuerzo y tarde libre para disfrutar.







Marruecos: Erfoud - Fez

  Erfoud – Fez Sabíamos que el recorrido iba a ser largo: 430 km. Después de un buen desayuno, partimos. Nos explicaron que íbamos a ver muy...