Viaje Colombia
Preparativos, idas, vueltas, charlas, mapas, lecturas: todo nos ayuda para programar el viaje. Siempre existe una gran ansiedad, producida quizás por la incertidumbre que rodea a un lugar desconocido.
Partimos con Aerolíneas Argentinas desde Ezeiza y llegamos al aeropuerto: El Dorado, Bogotá, en horario y con un buen vuelo.
Nos esperaba un taxista previamente contratado, un señor muy amable que fue respondiendo como pudo a tantos interrogantes. Nos trasladó hasta el Hotel Ibis Museo (habitación 1113).
Una llovizna transformada en lluvia nos acompañó en el camino. Nos tomamos un buen rato para reponernos del vuelo y de la noche que no dormimos.
Tarde de Botero
Salimos en busca de un puesto de información turística y a caminar hasta donde las piernas respondieran.
En nuestra búsqueda de orientación, encontramos este pequeño pabellón neoclásico que funciona como centro de información turística. Elegante y discreto entre los árboles, parece más un capricho arquitectónico de otra época que una oficina de mapas y folletos. Bogotá tiene esa capacidad de sorprender en los detalles.Los mapas nunca fallan, aunque a veces haya que debatirlos. Dos arquitectos, un plano y Bogotá por descubrir.
A paso rápido, por la Carrera 7, llegamos hasta la Plaza Bolívar y de allí al Museo Botero.
Un escarabajo convertido en obra de arte circula por La Candelaria. En Bogotá, la creatividad no tiene límites.El patio colonial del complejo cultural del Banco de la República, que alberga el Museo Botero, el Museo del Oro y otras colecciones. Bogotá tiene una oferta cultural extraordinaria.
Las figuras voluminosas de Botero siempre me intrigaron y atrajeron. Hay algo en esa exuberancia de formas, en esa abundancia casi desafiante, que no te deja indiferente. Luego de recorrer el museo, quedé atrapada entre sus pinturas y esculturas como quien cae en un sueño lúcido: todo es exceso, pero un exceso que tiene alma. Una cosa es ver sus imágenes reproducidas en libros o pantallas; otra muy distinta es plantarse frente a ellas, sentir su escala, dejarse envolver por esa humanidad redonda y generosa que Botero supo tallar y pintar como nadie. Porque detrás de la forma hay un mensaje: un profundo contenido social que el artista colombiano nunca abandonó, y que se hace aún más evidente en un detalle que me pareció hermoso: la entrada al museo es gratuita. Gratuita y abierta, no solo para los colombianos, sino para el mundo entero. Como si el propio Botero hubiera querido que su arte no tuviera dueño.
Una figura de Botero, descansa con serenidad
31 de julio
Es bueno despertar mirando una ciudad desconocida, enmarcada por montañas. Las nubes acompañan la buena vista.
Nos pasa a buscar por el hotel el chofer Adonardo: puntual, subimos a su auto y comenzamos a transitar por calles con mucho tráfico. La amabilidad y la forma de comunicar son sus características sobresalientes.
Si bien teníamos alguna información sobre la Catedral de Sal de Zipaquirá, estábamos muy lejos de acercarnos a la realidad.
La indumentaria de los mineros que trabajaron estas galerías durante siglos.
Las siluetas humanas dan la escala de lo que se viene.
Un ángel tallado en sal anuncia su mensaje en la penumbra de la Catedral. La luz y la sombra se convierten en parte de la obra.
En las entrañas de la Catedral de Sal. La montaña nos envolvía, la luz hacía el resto.
Una lechuza de sal se esconde entre las raíces del árbol tallado.
Hasta a 180 metros bajo tierra se puede tomar un buen café colombiano. La Catedral tiene su propia cafetería con bebidas temáticas para reponer energías después del recorrido.
La nave central de la Catedral de Sal de Zipaquirá. Tallada en la roca a 180 metros bajo tierra, es una de las maravillas de la arquitectura religiosa de América Latina.
Una cruz tallada en la propia roca de sal. Cada estación tiene su propio lenguaje visual, su propia manera de contar la historia.
El instante eterno del toque divino, recreado en mármol en las profundidades de la Catedral. Las grietas de la piedra parecen parte del diseño.
El recorrido sigue las 14 estaciones del Vía Crucis, cada una tallada en sal con esculturas de notable valor artístico.
Al final del recorrido por las distintas estaciones, nos esperaba una sorpresa serena: un espejo de agua de una quietud casi irreal. En ese espacio de penumbra y silencio, los reflejos se multiplican y el agua devuelve imágenes que invitan a detenerse, a respirar, a dejar que el lugar haga su trabajo. Después de tanto caminar y tanto asombro, ese remanso tiene algo de necesario.
De regreso, con la montaña ya en el recuerdo y el sol de Zipaquirá despidiendo.


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