2.17.2026

Mapas de opciones.

 Mapas de opciones

Entre caminos trazados y sorpresas inesperadas, cada viaje se convierte en un ejercicio de libertad.
Planear un viaje es como desplegar un mapa lleno de caminos posibles. No se trata solo de elegir un destino, sino de dibujar alternativas que nos den tranquilidad: hoteles con reservas cancelables, con parking, en lugares accesibles, rutas alternativas.
Cada opción es una llave que abre un margen de libertad. En Marruecos, el paquete turístico nos asegura que alguien ya trazó el recorrido; en el sur de España, somos nosotros quienes dibujamos las líneas, con el idioma como aliado.
El mapa no es rígido: es un cuaderno de posibilidades. Allí anotamos precios, horarios, nombres de ciudades, pero también dejamos espacio para lo inesperado. Porque viajar no es solo cumplir un itinerario, sino permitir que la sorpresa se convierta en parte del trayecto. Hay fiestas o fechas que complican el recorrido de determinadas ciudades; si el tiempo lo permite, conviene organizar los viajes libres con cierta anticipación, para ir ajustando los cambios necesarios.
Siempre se dice que el viaje tiene tres partes: la preparación, con toda la emoción, consultas, ansiedad y dudas que ello conlleva; el viaje en sí, su recorrido donde otro mundo se abre a nuestro mundo; y, por último, el recuerdo, que día a día revive lo vivido.
                                  


Así, cada viaje comienza mucho antes de subir al avión: empieza en el momento en que desplegamos nuestro mapa de opciones y decidimos que la aventura será también un acto de libertad.

Viajar acompañado, viajar libre

 Viajar acompañado, viajar libre

Entre mapas trazados y páginas en blanco, cada viaje nos invita a descubrir una forma distinta de andar.

Hay viajes que se abren como un libro guiado, algo establecido: iremos por acá, regresaremos en este horario, tendrán libre la tarde. Alguien ya trazó las páginas, los recorridos, los horarios.

Uno se deja llevar, confiando —o no tanto— en que la historia está escrita y que cada capítulo se desplegará sin sobresaltos. Así fue en Eslovenia, Croacia y Turquía: culturas distintas, idiomas que sonaban como música lejana, y la tranquilidad de tener un paquete turístico que nos sostenía junto a guías muy expertos. Sobre todo en Croacia.

                   


Marruecos también se nos presenta así: un viaje con paquete, previo a España. Colores intensos, aromas que nos envuelven, y la seguridad de un itinerario armado que nos permite descansar en la certeza de que alguien más sostiene el hilo del relato. Es el último capítulo escrito por otros antes de abrir el cuaderno en blanco.

Porque hay otros viajes que se parecen más a un cuaderno vacío.

 Allí somos nosotros quienes dibujamos el mapa, quienes decidimos dónde detenernos y qué caminos tomar. El sur de España será así: con el idioma como llave y la libertad de improvisar. Cada reserva de hotel, cada itinerario, se convierte en una elección propia, en un gesto de confianza en nuestra manera de andar. Surgen dudas, muchas; nada está resuelto, todo es desconocido. Buscamos ayuda: hoy la IA es una gran aliada, en otros tiempos eran los libros. Muy poco o casi nada internet. Llevábamos en nuestro equipaje la famosa Guía Michelín, que pasaba de mano en mano.

Ambos estilos tienen su encanto. El viaje acompañado nos regala seguridad y descanso; el viaje libre nos ofrece descubrimiento y autonomía.

Quizás lo verdadero sea aceptar que no hay viaje totalmente guiado ni totalmente libre: siempre llevamos algo de mapa y algo de improvisación. Y en esa mezcla, descubrimos que viajar es, en el fondo, aprender a vivir con confianza.


11.25.2025

Indice


 🌍 Índice del viaje

1.  Eslovenia

•       Liubliana  

El Lago Bled refleja silencios

Las cuevas de Postjna guardan la voz de la tierra

2.  Croacia

Zagreb despierta con campanas

Split se abre al mar como un canto

Dubrovnik custodia murallas de tiempo

3. Turquía

Estambul, entre dos aguas

El Bósforo como frontera líquida

La Casa de la Virgen María como plegaria

Pamukkale, camino de cal y espuma

Éfeso y su Biblioteca de Celso

Capadocia, donde la piedra se vuelve sueño

4. Italia 

La Puglia como umbral

Lecce y Novoli en la memoria del sur

Roma, donde lo eterno se mezcla con lo íntimo

                                                                    


11.19.2025

Capadocia





 


Capadocia.


                                   

     
La Pausa mirando más allá

Capadocia nos recibe con un corazón en lugar de letra.

El paisaje se insinúa detrás: piedra que escucha, vuelo que se eleva, mercado que respira, caminos que se abren, suelos que guardan imágenes.




Capadocia es una región histórica en el corazón de Turquía, conocida por sus formaciones rocosas únicas, sus ciudades subterráneas y sus viviendas excavadas en la toba volcánica.
A lo largo de los siglos, fue habitada por hititas, persas, griegos, romanos y bizantinos: un cruce de culturas, de rutas, de memorias.
Hoy, sus paisajes lunares y su patrimonio espiritual la convierten en un lugar de contemplación y asombro.

Capadocia: el comienzo de otro asombro


Viajar a Turquía va mucho más allá de conocer Estambul.
Descubrimos que Estambul es inmensa, llena de capas.
Lo único que uno logra es recorrer algunos lugares icónicos.
Lo demás queda allí… como promesa suspendida, como esperanza que respira en lo no visto.
Desde allí, viajamos en bus hacia un aeropuerto moderno, de dimensiones sorprendentes.
Íbamos con el grupo y el guía, ya envueltos en esa complicidad que nace entre viajeros.
Volamos a Capadocia.


                   

Los primeros pasos en esta tierra fueron como entrar en otro lenguaje. Rocas, desniveles, pendientes abruptas… pero sobre todo, formas sobresalientes, extrañas, como si alguien hubiese jugado a construir castillos en la arena. 
Un paisaje nunca visto, distinto a todo lo que la mirada conoce. Un lugar que no se parece a ningún otro.
Así comenzaba nuestra travesía:
entre rocas que desafían la lógica,
y un asombro que apenas empieza a latir.

Capadocia por tierra, el silencio donde la piedra respira 


Desde lo visual se percibe el misterio, la espiritualidad y la arquitectura como refugio. Capadocia se ve tallada en la roca. La piedra respira, y nosotros aprendemos a escuchar.


El recogimiento y la duda

Continuamos caminando.

La roca tallada aparece frente a nosotros como una presencia viva.

Los árboles se insinúan entre los senderos. No sabemos qué vendrá.

Todo es distinto, como si estuviéramos entrando en una tierra que no nos pertenece del todo.

Las piedras inmensas guardan secretos.

Las ventanas son mínimas, los pasajes estrechos.

Nos cuentan que aquí vivieron monjes, cazadores, agricultores.

Un lugar de recogimiento. De vida austera.

El silencio es profundo, casi absoluto.

Solo se interrumpe por nuestra presencia, por el murmullo de los turistas que, como nosotros, intentan comprender.

Me pregunto si no estamos de más en este sitio casi sagrado.

No me atrevo a subir. Hay algo en esa altura que exige respeto.

Tal vez el verdadero ascenso no sea físico, sino interior.


La contemplación abierta 


El paisaje cambia. Se abre, se extiende. 
Las rocas siguen talladas, pero ahora hay campos verdes, árboles dispersos, una sensación de amplitud que invita a mirar más lejos.
Nos detenemos. 
La vista alcanza una meseta con estructuras excavadas, como si la montaña misma hubiera sido habitada. 
Todo parece suspendido entre lo natural y lo humano, entre lo que fue y lo que permanece.
Capadocia no solo se eleva: también se hunde.
Bajo sus paisajes lunares, la piedra guarda secretos.
Ciudades subterráneas, talladas en toba volcánica, se extienden en profundidad.
Túneles estrechos, chimeneas de aire, pasajes de sombra y resistencia.
Refugios en tiempos de guerra.
Arquitectura del silencio.
Diseñadas para sobrevivir.

Para proteger la vida.


                 

Me apasionan estas historias donde la ingeniería natural se vuelve aliada.
Los sistemas de ventilación creaban ambientes saludables,
y el agua que consumían era de excelente calidad,
protegiendo a los habitantes de enfermedades.
Hay numerosos edificios religiosos.
Lo que sugiere que, además de la caza y la agricultura,
existía una vida monástica.
Caminamos con cuidado sobre esa tierra pedregosa.
Un resbalón puede arruinar el viaje.
Las recomendaciones abundan.
Vimos alguna caída dolorosa.





Desde afuera, hacia el interior recorrido.




Mirábamos. Recorríamos. No sabíamos qué venía después.
No había caminos, solo espacios excavados en la piedra:
iglesias, casas, refugios de una vida tan distinta a la nuestra
que parecía de otro tiempo.
¿Era esto real?
¿O un sueño tejido por relatos de guías,
que nos llevaban hacia imágenes oníricas,
lugares donde la piedra hablaba en susurros?
Entonces, desde afuera,
con la luz bañando una tierra desconocida,
me acerqué a una realidad que parecía irreal.
Como si lo vivido adentro
me hubiese enseñado a mirar con otros ojos.


Capadocia

Llegamos a Capadocia por tierra, envueltos en relatos que el guía hilaba como cuentos antiguos. En el bus, nos cobraron el vuelo que aún no sabíamos si sería posible.

El cielo nos esperaría. El clima debía ser sereno, sin viento, con buena luz.
Si todo se alineaba, saldríamos a las cuatro de la mañana.

A las cuatro de la mañana, el silencio era distinto.
No dormía: esperaba.
Los globos se inflaban como promesas,
y el fuego dentro de cada uno parecía encender también algo en nosotros.
El guía había dicho:
“Si el viento lo permite, volamos”.
Y el viento, esa vez, nos dijo que sí.





El cielo aún está en penumbra, los globos se inflan como sueños que se preparan para elevarse.

                     




Nota al pie – Contexto sobre los vuelos en globo en Capadocia

Volar en globo sobre Capadocia es una de las experiencias más emblemáticas del viaje.

Cada mañana, si el clima lo permite, entre 150 y 200 globos surcan el cielo al amanecer.

La actividad comienza entre las 3 y las 5 de la madrugada: recogida en el hotel, desayuno ligero, traslado al punto de despegue.

Las condiciones para volar son estrictas: se requiere cielo despejado, sin viento fuerte ni niebla.

Es la Aviación Civil de Turquía quien autoriza los vuelos cada día.

El recorrido suele durar una hora, sobrevolando valles como el de las Rosas, el Rojo, el del Amor y el Castillo de Uçhisar.

Para muchos viajeros, este vuelo simboliza el momento en que el viaje se eleva:

una pausa suspendida entre tierra y cielo, donde el silencio y la belleza se funden en lo alto.



Capadocia desde el aire.

El amanecer se llenó de globos.
Comenzó el ritual del vuelo: subir a los canastos, divididos en cestos,
buscando siempre el borde, ese lugar donde la mirada se expande.
No queríamos perder nada.
Los colores del amanecer pintaban las telas.
El fuego rugía.
Los pilotos manejaban con precisión ese arte suspendido.
Al principio, parecía que no subíamos,
que estábamos estancados en el suelo.
Pero en algún momento, sin aviso, comenzamos a elevarnos.
Desde arriba, la tierra se volvió textura:
caminos que serpentean, rocas que guardan secretos,
campos que respiran, ciudades que juegan con los desniveles.
Todo se volvió mapa.
Todo se volvió memoria.


                 
Desde arriba, a unos 300 metros del suelo,
el panorama es completo. Único.
Caminos. Fondos montañosos. Amanecer.
Desniveles. Viviendas. Árboles.
Colores que el amanecer pinta.
No da tregua.
Está todo junto.



  
















Cuando el cielo se despide



Y cuando el cielo se despide, no es el fin, es apenas una pausa. El aire guarda
lo que no dijimos, y las rocas, pacientes, esperan el proximo vuelo.



Los caminos que serpentean entre las casas parecen trazos de una caligrafia antigua.
Siento que el recorrido va finalizando. 
Vimos, palpitamos un suelo distinto, único. Desde el aire, todo se va apagando con serenidad.  
Lo que sigue será el andar entre los desniveles: el paso lento, la piedra, el juego suspendido.



El pueblo detrás


Estamos acá, en una Capadocia ya alejada de lo aéreo.
Esto es tierra, pero sigue siendo ese pueblo que se asoma detrás de cada formación.
Hay algo infantil en esta pausa, casi como una invitación al juego.
Columpios decorados. Ositos suspendidos.
Aromas que no nos pertenecen.
Nos sentamos. Miramos. Contemplamos.
Solo dejamos que el lugar nos roce, como el viento que empuja suavemente el vaivén.
Nos amacamos en esos columpios decorados, con el café tibio entre las manos.
El té tenía gusto a granada.
Todo era de ellos, de esa cultura que miramos con asombro.
Nos dejamos tocar por el aroma, por la piedra, por el juego suspendido.
Y seguimos el camino entre los desniveles.

Escena de mercado




La imagen fue tomada con respeto, sin invadir. Es la única que se dejó capturar con claridad, como si el lugar nos ofreciera un instante de permiso.

El recorrido a pie nos llevó a este rincón pintoresco. 
Camellos que esperan, un pony con mirada quieta. 
El negocio se abre como escena: objetos, aromas, voces que no entendemos del todo.
Ellos hacen el esfuerzo por vender: una imagen distinta, un recuerdo de esas tierras.
Nosotros miramos, observamos, dejamos pasar. Nos detenemos. La imagen vale más que el paseo.

Mirada desde la piedra


Capadocia se despide desde la piedra.
Las casas parecen crecer desde el suelo,con balcones, escaleras, puertas que se abren al cielo.
Todo sigue ahí:la roca, el aroma, el juego suspendido.
Pero nosotros seguimos el camino.
Nos alejamos con la mirada llena.
Como si el paisaje hubiese escrito algo en nosotros.

Despedida


Nos estamos despidiendo de Capadocia. Son las últimas miradas: un arco decorado, al fondo el castillo de Uçhisar, tallado en piedra, testigo de siglos.
El cuerpo se prepara para partir. La mirada se queda un instante más.
Serán otros paisajes.
Otras historias.
Pero esta, ya nos habita.

                                               

</iframe>

10.25.2025

La Biblioteca de Celso



 Hacia la Biblioteca de Celso

El sendero de mármol

Luego de mucho andar, llegamos a un gran camino, donde nuestros pies se posaban sobre mármoles antiguos. Un sendero sin demasiadas certezas, apenas intuiciones.


Gestos detenidos 

Las columnas caídas, los frisos desgastados, ya no nos dicen nada: solo signos, fragmentos....gestos detenidos.

                    

La arquitectura que vemos aquí —con sus columnas corintias, frisos esculpidos y la mezcla de piedra restaurada y original— está detenida en el tiempo.

No hay voz.

No hay inscripción que nos guíe.

Y entonces....el silencio.

                                




Preguntas al saber

Ese tránsito —hecho de piedra, de viento, de preguntas— nos llevó finalmente a la Biblioteca de Celso.

Y al verla, pensé en los sabios que la habitaron.

¿Qué habrían hecho ellos con este poder que hoy llevamos en la mano?

¿Qué habrían escrito, compartido, tejido, si el saber no se deslizara en rollos, sino en redes invisibles?


Estación secreta 

Dicen que había un túnel.
Que los sabios no solo leían, estudiaban, investigaban, sino que se deslizaban por pasadizos ocultos.
Hoy lo contamos con sorna: guías que repiten la historia, turistas que después de tanto andar, reciben alegremente estos "secretos".
Pero algo en ese relato —aunque improbable— nos sigue preguntando:
¿Dónde se guarda lo que no puede decirse?
¿Y quién decide qué saber merece el silencio?

        

Salida
Un camino claro, ancho, restaurado que se abría entre columnas y piedras.
 La Biblioteca no nos dejaba: nos había ofrecido una pausa, y ya había quedado en nosotros.
Pensamientos, ideas, reflexiones sobre esos sabios, sus saberes….
 En ese momento estaba emocionada. El lugar me había impactado.
Y entonces lo supe: no habíamos ido a buscar respuestas, sino a recordar que el saber también es emoción. Y que a veces, basta con estar ahí, para que algo en nosotros se escriba sin palabras.

                        

El camino de salida no era salida.
 Era continuación.


                             

   Después del mármol, el ruido.
   Después del silencio, la ciudad.

De Éfeso a Estambul                  

Un 1° de mayo, día cargado de significación histórica y política, regresábamos a Estambul  El guía, visiblemente preocupado, intercambiaba frases con el conductor  —hábil, responsable— mientras mantenía activo su celular. 

Las miradas entre ambos eran constantes. 

Finalmente, una información:

- “No podremos dejarlos en el hotel. Es una zona a la cual se nos impide ingresar.” -

La plaza Taksim es un lugar de enorme peso simbólico para los movimientos sociales. 

Allí se reúnen trabajadores y ciudadanos para protestar, manifestar, celebrar. Nuestro hotel estaba muy cerca de esa plaza.


                   
                     Plaza Taskin.

El bus se detuvo en una avenida. Bajamos las valijas y comenzamos a trepar por calles empinadas, de piedra. 

El guía, por ser ciudadano turco, no podía ingresar a la zona vallada. 

Policías inmensos bloqueaban el paso. 

No importaba que fuésemos turistas: pedían reservas, comprobantes de estadía, documentos. 

Alguien del grupo logró entregar lo que solicitaban. Pudimos ingresar. 

No era cerca. Muchos no podían con sus valijas. 

Seguimos trepando, con cansancio, con algo de temor. Ignorábamos realmente lo que estaba ocurriendo.
Allí surgió la solidaridad.
Finalmente, arribamos al hotel desde donde habíamos partido días atrás.

Estambul, entre la plegaria y la barricada


La ciudad que habíamos dejado era otra. Al volver, nos recibió vallada, vigilada, tensa.
                     

La mezquita brillaba como siempre, 
pero frente a ella, el cartel decía: POLİS.
No era la Estambul del tránsito, del caminar, del turismo, de la sonrisa del vendedor.
Era otra: 
una Estambul más oscura, más rígida.
                            

Qué rápido fue su sanación.

Al día siguiente, todo volvía a fluir: el tranvía, las voces. 
La ciudad se había sanado —o al menos, eso parecía.
Nosotros ya nos despedíamos.
Turquía nos había brindado todo con su inmensidad.
Habíamos andado mucho, y nos faltaban tantísimos lugares por conocer.
Lo haremos a través de los recuerdos, lo hilaremos con otras voces, con imágenes.
El aeropuerto nos espera, para llevarnos a Roma.
Y desde allí, a la Puglia.


Desde Estambul volamos a Fiumicino, y de allí a Brindisi.

Otra historia nos espera, 
pero esta se despide con emoción.
Quedan atrás las imágenes que nos atravesaron con fuerza: 
influencias bizantinas, otomanas, islámicas, reflejadas en cada mezquita que descubrimos como quien descifra un secreto. 
Ciudades que parecen dibujadas en tres dimensiones. 
Nuevo, distinto, admirable.
El silencio en las mezquitas. 
El silencio en los caminos de mármol, donde el saber parece habitar las piedras.
Y el bullicio, también, en las calles de Estambul, como un contrapunto necesario.
Nos vamos. 
Un aeropuerto moderno nos espera. 
Pero lo que nos llevamos no cabe en valijas: emoción en cada recuerdo, alegría inmensa de habernos acercado a pedacitos de Turquía.
La imagen que acompaña este cierre no me pertenece, pero me impactó profundamente.
Dice algo que no sé si podría decir con palabras: 
la mezquita vista desde arriba, el mármol, los árboles dorados, el mar en la distancia.
Es una creación generada por inteligencia artificial, y sin embargo, algo en ella me habló.
La comparto como estación visual, como epígrafe silencioso de esta despedida que también es tránsito.












































































































10.21.2025

Camino a Efeso. Pamukale




 Camino  a Efeso



 Öresin Han

Los carteles ayudan a recordar lugares, rutas, gestos. 
Este, en particular, nos detuvo frente a Öresin Han, clasificado como “Özel Tesis” (instalación privada) y supervisado oficialmente por el Ministerio de Cultura y Turismo de Turquía.
El término “Han”, en turco, suele referirse a una antigua posada o edificio histórico que servía como alojamiento para comerciantes y viajeros, especialmente en las rutas como la de la seda.




Este tramo del viaje —rumbo a Éfeso— lo hicimos en bus. 
Así fuimos entrando a distintos lugares, muchos de ellos con una marcada intención de vender productos. 
Pero detrás de esa insistencia comercial, se revelaban capas más profundas: arquitectura valiosa, gestos que evocaban antiguos intercambios, patios que aún guardaban ecos de caravanas.
Desde tiempos antiguos, Anatolia (la actual Turquía) fue un corredor vital entre Oriente y Occidente. 
Caravanas cargadas de seda, especias, piedras preciosas y manuscritos atravesaban sus mesetas, deteniéndose en hans como este: refugios para comerciantes, animales y mercancías.
Arquitectónicamente, estos edificios eran verdaderas fortalezas. Con patios centrales, galerías, almacenes y a veces mezquitas o baños, ofrecían seguridad y descanso. 
Hoy, algunos sobreviven como testigos silenciosos, otros como espacios reconfigurados para el turismo, pero todos conservan algo de ese pulso antiguo.


Donde florece la piedra.

Los muros respiran historias que aún no se han dormido.


Una amapola roja, vibrante, brotando entre piedras antiguas, junto a una higuera que parece custodiar la escena. Naturaleza y ruina, vida y memoria.

Pamukkale: el castillo de algodón

Después de la flor entre piedras, llegamos al castillo de algodón. 

Allí, la tierra se derrama en blanco, como si el tiempo hubiera decidido descansar.


Pamukkale: donde la piedra se vuelve nube

Pamukkale, en la provincia de Denizli, es una maravilla natural que parece brotar del sueño de la tierra. 

Su nombre, “castillo de algodón”, no exagera: las terrazas blancas de travertino, formadas por aguas termales ricas en calcio y bicarbonato, se derraman como nieve detenida en el tiempo.

Declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1988, Pamukkale es más que paisaje: es rito. 

Visitantes de todo el mundo se sumergen en sus aguas tibias, buscando alivio, belleza, o simplemente el asombro de caminar sobre piedra blanca que parece nube.

Yo no pude resistirme. Aunque la ropa no era la adecuada, me descalcé. Dejé que el agua recorriera mis pies. Fue un gesto mínimo, pero profundo. 

Como si el cuerpo recordara algo que la mente aún no había nombrado.



Los gatos en Turquía no solo abundan:



Son respetados, cuidados y casi venerados. 
En ciudades como Estambul, hay miles de gatos callejeros que viven libres, alimentados por vecinos y turistas, con refugios construidos especialmente para ellos. Esta devoción tiene raíces culturales y religiosas.

Hierápolis y Pamukkale son parte del mismo sitio arqueológico y natural.

 


Están superpuestos en el mismo lugar, en la provincia de Denizli:

Pamukkale es la formación natural: las terrazas blancas de travertino creadas por las aguas termales.
Cuando caminás por Pamukkale, estás literalmente pisando el corazón de Hierápolis. 
El anfiteatro, por ejemplo, pertenece a esa ciudad antigua. Es como si la piedra y el agua se abrazaran en una misma estación.


Éfeso se encuentra más al oeste, cerca de la ciudad de Selçuk, en la provincia de Izmir. 
Allí, la piedra ya no se abraza con el agua, sino con el mito. 
Es otra estación, otro latido.



Entre piedras que recuerdan tantos hechos, 
árboles que esperan otros visitantes, 
y un camino de madera que quiere decirnos a dónde vamos.

Arriba, en piedra, en Centauros.



Centauros en movimiento, figuras humanas en tensión, relieves que parecen contar una batalla que no termina. 
Es como si la piedra estuviera aún caliente de historia. Algún mito deberá sustentar estos grabados sobre mármol.  
No sabemos qué mito sostiene esta escena, pero la piedra lo guarda. Tal vez tan solo quiere que la miremos.



Aquí no hay centauros ni batallas. Hay patrones que repiten, muros que se abren, y una colina que observa.
El mármol no grita, susurra. 
Tal vez esta fue una casa, un baño, un lugar de encuentro.
Tal vez el arte estaba en el suelo porque la belleza debía pisarse con respeto.

No camina, no vuelaNiké se posa.



Tallada en mármol, con alas que aún recuerdan el movimiento, esta figura guarda la promesa de la victoria, no como conquista, sino como presencia.
En Éfeso, entre ruinas que susurran mitos, Niké aparece como suspendida: un instante donde el viaje se afirma.
Niké está allí.
Camino, miro hacia atrás.
Le damos la espalda.
La extrañaré. La recordaré.
Quizás ella percibió esa gran admiración.
No es solo piedra, es presencia.


Estambul, 1 de mayo: la ciudad que no se deja entrar

Regresamos a Estambul desde el aeropuerto. El trayecto fue largo, más de lo previsto. El aeropuerto está lejos del centro, y ese día —1 de mayo— la ciudad estaba convulsionada.
No podíamos ingresar al centro. Vallas, policía, órdenes absurdas. El guía no podía acompañarnos: los ciudadanos turcos tenían prohibido acercarse. El micro nos dejó —casi diría nos soltó— donde pudo. Bajamos con las valijas, a unas cuantas cuadras del hotel. Calle empedrada, en subida. El grupo era grande, y no todos podían trepar con facilidad.
Pero ahí, entre el desconcierto y la piedra, apareció algo más fuerte: la solidaridad. Manos que ayudaban, hombros que esperaban, miradas que entendían. La policía, en cambio, parecía impermeable: ni la edad, ni el cansancio, ni el turismo parecían importar.
Al fin llegamos.
Y esa llegada, tan distinta a la primera, fue también una forma de entender la ciudad: Estambul no se entrega fácil. Hay que caminarla, treparla, resistirla. Y entonces, sí: se abre.

Café en Tolosa, y otros.

 El café es mi ritual, mi pausa. Cada taza que encuentro en La Plata guarda un paisaje distinto: aromas, charlas, rincones que se reinventan...