Llegada a Viena
Llegamos a Viena, ¡Wien! Luego de un almuerzo en el hotel Ananas, donde nos alojamos, salimos a caminar. Estábamos cerca del centro, frente a la estación de metro U4 Pilgramgasse.
Salimos del hotel por una calle paralela al río Viena; el mercadillo y los edificios que íbamos viendo nos mostraban que la ciudad iba a regalarnos mucha belleza arquitectónica. Queríamos atraparlo todo, y desembocamos en la plaza San Carlos, que lleva a la Ópera. Conseguir alguna entrada fue nuestro primer objetivo: en sobreventa, adquirimos entradas para ver Tosca al día siguiente.
Nosotros, felices de poder ingresar
a la Opera de viena.
También fuimos al palacio Kursalon, donde músicos, cantantes y bailarines de ballet presentaron valses, polcas y melodías de operetas, preparado especialmente "para el turismo" —un espectáculo fácil—. Disfrutamos de Viena de noche: un recorrido en bus nos dejó ver los edificios tenuemente iluminados, por razones ecológicas.
Viena imperial
Por la mañana salimos en una visita panorámica: las mansiones barrocas del centro, los palacetes, los edificios históricos y modernos revelan una ciudad magnífica. El recorrido nos mostró la fuerte impronta de la monarquía de los Habsburgo, con el Palacio Imperial y sus sucesivas ampliaciones.
La Michaelerplatz, con la cúpula del Palacio Imperial asomando entre los edificios del casco antiguo.
Uno de los leones que custodian el patio del Palacio, con el escudo de los Habsburgo.
Monumento a Francisco I en el patio inteiror del Hofburg "AMOREM MEUM POPULIS MEIS" ("mi amor a mi pueblo") que es una frase del propio emperador.
Las cuatro figuras femeninas sentadas en las esquinas representan la Fe, la Fortaleza, la Justicia y la Paz.
Llegamos al Palacio Belvedere, descanso de verano del reinado de Saboya, con jardines de tulipanes y una fuente en refacción —un museo que luego conocimos por nuestra cuenta—.
Desde el bus vimos también la famosa rueda gigante, la "vuelta al mundo" que aparece en la película El tercer hombre.
Por la tarde comimos las típicas salchichas con cerveza en un bar de la calle. De lo barato y callejero pasamos al café Mozart, frente al Albertina, cerca de los museos del Palacio Imperial y al lado de la Ópera —un café tradicional que combina hasta hoy la cultura con el placer del café—.
Otto Wagner, uno de los grandes arquitectos del modernismo vienés, dejó su huella en toda la ciudad. Su estación y café de Karlsplatz, con hierro forjado y detalles dorados, es una muestra de ese estilo Art Nouveau que rompió con lo tradicional.
En bus llegamos a la Caja Postal de Ahorros (Postsparkasse), construida por el arquitecto Otto Wagner, donde hoy funcionan ministerios y se conserva hasta el mobiliario original.
Seguimos por esas avenidas tan imponentes, disfrutando de jardines llenos de tulipanes y flores, y contemplamos la estatua dorada de Strauss.
Viena es una ciudad netamente cultural y musical: compositores como Strauss, Brahms, Beethoven, Schubert, Haydn y Mozart crecieron y vivieron allí. Tomamos el subte U4 de vuelta al hotel y de ahí a la Ópera: maravillados, entramos a ver Tosca, "nuestro espectáculo".
De Otto Wagner al beso de Klimt
Salimos del hotel por la mañana y nos internamos en el mercadillo: los colores y olores de las frutas, verduras, flores, comidas y condimentos nos invadían a cada paso. Saltábamos de la vereda de la calle Wienzeile, donde predominan los edificios modernistas, al mercado; en esa zigzagueante caminata fuimos viendo casas como la Majolikahaus, construcciones del arquitecto Otto Wagner, y el pabellón de exposiciones de la Secesión Vienesa, hasta llegar a la plaza Karlsplatz, donde están la salida del subte y el café diseñados, ambos, por el mismo Wagner.
La Majolikahaus, con su fachada cubierta de azulejos florales, es una de las obras más fotografiadas de Otto Wagner en la calle Wienzeile.
Seguimos caminando hasta la gran fuente frente a la iglesia de San Carlos Borromeo, de un eclecticismo barroco, ubicada en la parte sur de la Karlsplatz. Por un costado fuimos encontrando distintas estatuas en homenaje a músicos, hasta llegar a la calle Argentina, que nos condujo al Palacio Belvedere. Nos llevamos el silencio de la iglesia Elizabeth.
Un buen momento para recordar de dónde venimos: la calle Argentinierstraße, un guiño inesperado a nuestras raíces en pleno corazón de Viena
Nos llevamos el silencio de la iglesia Elizabeth.
La Catedral de San Esteban, con su techo de tejas multicolores y su silueta gótica, es el símbolo por excelencia de Viena — se la reconoce desde cualquier punto de la ciudad.
- Lunes a sábado: 6:00 A.M. a 10:00 P.M.
- Domingos y feriados: 7:00 A.M. a 10:00 P.M.
- Subida a las Torres (Norte y Sur)
- Todos los días: 9:00 A.M. a 7:00 P.M. (último acceso permitido a las 6:30 P.M.)
- Nota: La Torre Norte cuenta con ascensor y la Torre Sur requiere subir 343 escalones a pie.
Palacio
Entramos al palacio y volvimos a disfrutar, a nuestro ritmo, de los jardines que lo realzan, con sus esculturas, fuentes y laberintos, y del parque, que tiene al fondo un bosquecillo y una gran piscina que dicen refleja el palacio —nosotros la encontramos sin agua, por mantenimiento—.
El interior es impresionante: la amplia escalinata, el Salón de Mármol, los techos pintados, las estatuas, la colección de pinturas de los siglos XIX y XX, hasta llegar, al fin, a la colección de Gustav Klimt. El Beso es imperdible: nadie puede dejar de besarse frente a esa maravilla.
Unas salchichas y una cerveza para despedirnos de Viena. Caminamos por las calles degustando algún chocolate. Del hotel al aeropuerto, con lluvia.