Palacio de Felicita Guerrero. Domselar. Provincia de Buenos Aires
El casco de la estancia
Josefina Guerrero y el relato de aquella
tarde
El pueblo de Domselaar
Palacio de Felicita Guerrero: Ruta 210 Km 58 Domselaar. San Vicente
Provincia de Buenos Aires. castilloguerrerodomselaar@gmail.com
A unos 50 km de La Plata (aproximadamente 45 minutos en auto por la
Ruta 210), este palacio es una de las tantas propiedades que la familia
Guerrero tuvo repartidas por la provincia de Buenos Aires — la historia de
Felicitas es ampliamente conocida entre quienes vivimos en la región. Otro de
sus castillos, más imponente aún, se encuentra camino a Mar del Plata y hoy
también puede visitarse.
Fachada del Palacio de Felicita Guerrero en Domselaar, con galerías de columnas y balcones en dos plantas, rodeada de jardín
Escultura de piedra de una mujer sentada, rodeada de vegetación en el jardín del Palacio de Felicita Guerrero
En un recorrido fotográfico llegamos al Palacio de Felicitas Guerrero. Allí vivía Josefina Guerrero, sobrina nieta de Felicitas Guerrero, quien nos recibió sentada en una galería trasera y relató apasionadamente la historia familiar, sobre todo la trágica vida de Felicitas.
Recorrimos también los rincones menos visibles del palacio, esos que
no entran en la visita guiada de hoy. Detrás de las habitaciones principales,
en un cuarto que parecía guardar la memoria física de la casa, encontramos un
pilón de esculturas arrumbadas: una mujer sentada abrazándose las rodillas,
tallada en terracota, y una cabeza femenina de peinado trenzado, separada de su
cuerpo y apoyada contra la pared, como esperando ser reencontrada.
Interior de un altillo del Palacio de Felicita Guerrero, con la luz entrando por una ventana centra
En la planta baja, donde se concentraba la mayor parte de los objetos y la vida cotidiana de la casa —con su baño y su cocina, la que efectivamente se usaba en aquellos años—
Antigua bañera de hierro esmaltado en el baño de la planta baja del Palacio de Felicita Guerrero
Una escultura de cerámica esmaltada —una dama con las manos cruzadas, mirando de costado con serenidad— compartía repisa con un gallo de colores vivos, en un contraste que nos hizo sonreír.
Allí también, un viejo piano sobrevive todavía en pie entre el papel tapiz descascarado. Junto a él, un grupo de tres figuras de terracota parecía leer juntas, una de ellas sosteniendo entre las manos lo que parece un antiguo libro de partituras — una escena casi congelada, en sintonía con el instrumento que tenían al lado. Sergio, uno de los integrantes del grupo, se animó a tocar el piano, y por un momento la música volvió a habitar esos ambientes silenciosos.
Sergio, integrante del grupo fotográfico Siluetas, tocando un antiguo piano en el interior del Palacio de Felicita Guerrero.
Sobre la tapa del instrumento, alguien había dejado una pequeña colección de objetos rescatados: una escultura de bronce, un ícono religioso, una cabeza de yeso, un cuenco esmaltado — pequeños testigos de lo que fue la casa.
Grupo de tres figuras de terracota leyendo juntas, una de ellas sosteniendo un antiguo libro de partituras, junto al piano del Palacio de Felicita Guerrero
Escultura de una cabeza sobre la tapa del piano, entre libros y objetos, en el Palacio de Felicita Guerrero
La parte de la casa donde vivía Josefina, en cambio, quedaba fuera del
recorrido: un espacio privado que no se mostraba a quienes llegaban de visita.
Los pasillos interiores, vacíos, se suceden unos a otros dejando pasar
la luz de a tramos, en una sucesión casi cinematográfica de puertas y sombras.
Y en la escalera principal, entre los retratos antiguos y el papel de flores
pintadas a mano, un gato de la casa —blanco y negro— nos observaba con la
mirada atenta de quien conoce cada rincón mejor que nosotros.
Escalera principal del Palacio de Felicita Guerrero, con baranda de madera tallada, retratos antiguos y papel tapiz floreado
Gato blanco y negro en la escalinata de entrada del Palacio de Felicita Guerrero, entre la vegetación del jardínFue Josefina Guerrero quien, sentada junto al grupo, fue desgranando
la historia de la familia con objetos en mano, ilustrando algunos pasajes del
relato. La escuchamos en rueda, junto a los demás integrantes del grupo
fotográfico Siluetas, todos atentos bajo la galería de columnas.
Despidiéndome de Josefina Guerrero en la balaustrada del jardín, tras escuchar el relato de la historia familiar
Como información complementaria al recorrido, vale la pena mencionar el pequeño pueblo que rodea al palacio y que también forma parte de su historia: la estación Domselaar, con su cartel de tipografía inglesa clásica, todavía en pie junto a las vías del antiguo Ferrocarril del Sud.
Cartel de la estación Domselaar, de tipografía inglesa clásica, junto a las vías del antiguo Ferrocarril del Sud
Justo debajo
del cartel, la vida cotidiana sigue su curso — ropa tendida al sol, la rutina
de quienes hoy habitan la zona —, un contraste que dice tanto del paso del
tiempo como cualquier relato.
Antiguo mostrador de la estación Domselaar, con casilleros de correspondencia, teléfono de baquelita y elementos de cocina
Dentro de la estación, el viejo mostrador conserva su ventanilla de despacho de boletos, con su marco arqueado pintado de blanco, y más allá, un rincón donde el teléfono de baquelita, la pava y el anafe conviven con el pasado ferroviario del edificio.
Las vías, que supieron conectar Domselaar con
Chascomús y la Plaza Constitución, todavía se pierden en el horizonte entre los
plátanos centenarios de la zona.
Una salida fotográfica con el grupo Siluetas nos llevó a conocer una historia llena de amor, pasión y muerte, con ribetes policiales y fantasmagóricos, detrás de la rica, bella y rebelde Felicita. Como figura aristocrática del siglo XIX y miembro de la familia Guerrero, su historia forma parte de las leyendas de las familias patricias que dieron forma a las tierras y estancias de la Provincia de Buenos Aires.






