5.02.2015

Roma, siempre Roma.

 Roma, siempre Roma.

Desde Alatri a Roma

Dejamos el auto en el aeropuerto y Roma nos recibió con todo su bullicio. Volvimos al Bed & Breakfast Navona, ya conocido.

Roma no es tan acogedora. Se la nota más sucia, más desordenada, y las conexiones no son ágiles. El negocio prima: todo es más caro, y la variedad de precios no depende del lugar sino del turista, que representa euros. En general se muestran simpáticos, habladores, aunque con una simpatía que a veces parece más calculada que genuina.

                           

                      Puente sobre el río Tíber con arboleda y tejados de Roma al fondo

         

                  

Escalinatas hacia la orilla del Tíber con ciclistas y paseantes, y un puente romano al fondo

Hay que buscar bien dónde comer: la oferta es tantísima y no todo es óptimo. Vale la pena caminar un poco y alejarse del gran centro turístico.

    

      

          Nosotros frente a la Basílica de San Pedro en la Plaza del Vaticano, Roma

                                

Ángel sonriente en el interior de la Basílica de San Pedro, con el baldaquino de Bernini al fondo

El café siempre es muy bueno y fuerte. Hay que tener en cuenta que tomarlo sentado cuesta prácticamente el doble que en la barra, así que conviene preguntar el precio antes de que lo sirvan.

Y si hay que hacer cola, se hace: la Gelateria Frigidarium, a pasos de Plaza Navona, tiene los helados más ricos de Roma. El secreto: sumergen el cono en chocolate líquido que se endurece al instante, sin costo extra

                      

Artista callejera haciendo burbujas gigantes mientras niños corren a atraparlas en una plaza de Roma

Cuando el espectáculo callejero o el cansancio lo exigen, sentarse a disfrutar del bullicio romano tiene su encanto: por las mañanas, por ejemplo, frente al mercado de Campo de' Fiori.

                          

Mercado de Campo de' Fiori por la mañana, con puestos y turistas bajo el cielo azul de Roma

Roma agota. Hay tantísima gente recorriéndola, y los sábados y domingos todos los lugares están atestados; los turistas lo invadimos todo.

                             
Farola de hierro forjado en la columnata de Bernini, Plaza de San Pedro, Vaticano

 Lo mejor es caminarla, atravesarla. Hay bicicletas en alquiler, motos, y unos pequeños autitos eléctricos muy prácticos para dos personas, aunque seguramente costosos. El auto, en cambio, no le va a solucionar nada a nadie.

                  


Cúpula de la Basílica de San Pedro iluminada de noche, vista desde la Via della Conciliazione, Roma

El grito, el hablar fuerte, el discutir acaloradamente: todo eso forma parte del paisaje de Roma.

                            


Fachada barroca de iglesia romana con columnas y esculturas bajo el cielo azul de Roma

7.12.2012

Palacio Felicita Guerreo. Domselar.

 

Palacio de Felicita Guerrero. Domselar. Provincia de Buenos Aires
El casco de la estancia
Josefina Guerrero y el relato de aquella tarde
El pueblo de Domselaar

Palacio de Felicita Guerrero: Ruta 210 Km 58 Domselaar. San Vicente Provincia de Buenos Aires. castilloguerrerodomselaar@gmail.com

A unos 50 km de La Plata (aproximadamente 45 minutos en auto por la Ruta 210), este palacio es una de las tantas propiedades que la familia Guerrero tuvo repartidas por la provincia de Buenos Aires — la historia de Felicitas es ampliamente conocida entre quienes vivimos en la región. Otro de sus castillos, más imponente aún, se encuentra camino a Mar del Plata y hoy también puede visitarse.

                      

      Fachada del Palacio de Felicita Guerrero en Domselaar, con galerías de columnas y balcones en dos plantas, rodeada de jardín

 

                    Escultura de piedra de una mujer sentada, rodeada de vegetación en                                        el jardín del Palacio de Felicita Guerrero

En un recorrido fotográfico llegamos al Palacio de Felicitas Guerrero. Allí vivía Josefina Guerrero, sobrina nieta de Felicitas Guerrero, quien nos recibió sentada en una galería trasera y relató apasionadamente la historia familiar, sobre todo la trágica vida de Felicitas.

                                 


Josefina Guerrero, contando la historia familiar con las manos, gesto vivo, sentada en la galería del Palacio

En aquellos tiempos bastaba con pedir la visita; no existía siquiera un costo fijo. Con el paso de los años, las visitas se organizaron como un negocio formal. Doña Josefina falleció en junio de 2018, a los 89 años, y su relato en primera persona quedó como un recuerdo entrañable de aquel recorrido.

                        Esculturas arrumbadas en un cuarto del Palacio de Felicita Guerrero: una cabeza de terracota y dos figuras sentadas abrazándose las rodillas          

Recorrimos también los rincones menos visibles del palacio, esos que no entran en la visita guiada de hoy. Detrás de las habitaciones principales, en un cuarto que parecía guardar la memoria física de la casa, encontramos un pilón de esculturas arrumbadas: una mujer sentada abrazándose las rodillas, tallada en terracota, y una cabeza femenina de peinado trenzado, separada de su cuerpo y apoyada contra la pared, como esperando ser reencontrada.

     
Sucesión de habitaciones vacías en el interior del Palacio de Felicita Guerrero, con la luz entrando de a tramos


Interior de un altillo del Palacio de Felicita Guerrero, con la luz entrando por una ventana centra
Sucesión de habitaciones vacías en el interior del Palacio de Felicita Guerrero, con la luz entrando de a tramos




En la planta baja, donde se concentraba la mayor parte de los objetos y la vida cotidiana de la casa —con su baño y su cocina, la que efectivamente se usaba en aquellos años—


Antigua bañera de hierro esmaltado en el baño de la planta baja del Palacio de Felicita Guerrero


Una escultura de cerámica esmaltada —una dama con las manos cruzadas, mirando de costado con serenidad— compartía repisa con un gallo de colores vivos, en un contraste que nos hizo sonreír.
                                    
Antiguo juego de té y café de plata sobre una bandeja, en uno de los ambientes del Palacio de Felicita Guerrero

 Allí también, un viejo piano sobrevive todavía en pie entre el papel tapiz descascarado. Junto a él, un grupo de tres figuras de terracota parecía leer juntas, una de ellas sosteniendo entre las manos lo que parece un antiguo libro de partituras — una escena casi congelada, en sintonía con el instrumento que tenían al lado. Sergio, uno de los integrantes del grupo, se animó a tocar el piano, y por un momento la música volvió a habitar esos ambientes silenciosos. 

               


Sergio, integrante del grupo fotográfico Siluetas, tocando un antiguo piano en el interior del Palacio de Felicita Guerrero.


Sobre la tapa del instrumento, alguien había dejado una pequeña colección de objetos rescatados: una escultura de bronce, un ícono religioso, una cabeza de yeso, un cuenco esmaltado — pequeños testigos de lo que fue la casa.

Grupo de tres figuras de terracota leyendo juntas, una de ellas sosteniendo un antiguo libro de partituras, junto al piano del Palacio de Felicita Guerrero



                                                             Escultura de una cabeza sobre la tapa del piano, entre libros y objetos, en el Palacio de Felicita Guerrero   


La parte de la casa donde vivía Josefina, en cambio, quedaba fuera del recorrido: un espacio privado que no se mostraba a quienes llegaban de visita.

Los pasillos interiores, vacíos, se suceden unos a otros dejando pasar la luz de a tramos, en una sucesión casi cinematográfica de puertas y sombras. Y en la escalera principal, entre los retratos antiguos y el papel de flores pintadas a mano, un gato de la casa —blanco y negro— nos observaba con la mirada atenta de quien conoce cada rincón mejor que nosotros.

                                      

Escalera principal del Palacio de Felicita Guerrero, con baranda de madera tallada, retratos antiguos y papel tapiz floreado

Gato blanco y negro en la escalinata de entrada del Palacio de Felicita Guerrero, entre la vegetación del jardín

Fue Josefina Guerrero quien, sentada junto al grupo, fue desgranando la historia de la familia con objetos en mano, ilustrando algunos pasajes del relato. La escuchamos en rueda, junto a los demás integrantes del grupo fotográfico Siluetas, todos atentos bajo la galería de columnas. 

Grupo fotográfico Siluetas escuchando el relato de Josefina Guerrero, reunidos en rueda bajo la galería de columnas del Palacio

Antes de irnos, nos acercamos a saludarla — un gesto simple que quedó guardado entre las fotos de aquel día, como testimonio de su generosidad al compartir la memoria de su familia con quienes llegábamos de visita.
                                      
Despidiéndome de Josefina Guerrero en la balaustrada del jardín, tras escuchar el relato de la historia familiar

Como información complementaria al recorrido, vale la pena mencionar el pequeño pueblo que rodea al palacio y que también forma parte de su historia: la estación Domselaar, con su cartel de tipografía inglesa clásica, todavía en pie junto a las vías del antiguo Ferrocarril del Sud. 

                          

Cartel de la estación Domselaar, de tipografía inglesa clásica, junto a las vías del antiguo Ferrocarril del Sud

Justo debajo del cartel, la vida cotidiana sigue su curso — ropa tendida al sol, la rutina de quienes hoy habitan la zona —, un contraste que dice tanto del paso del tiempo como cualquier relato.

                                       

Antiguo mostrador de la estación Domselaar, con casilleros de correspondencia, teléfono de baquelita y elementos de cocina

Dentro de la estación, el viejo mostrador conserva su ventanilla de despacho de boletos, con su marco arqueado pintado de blanco, y más allá, un rincón donde el teléfono de baquelita, la pava y el anafe conviven con el pasado ferroviario del edificio.    

                  


Las vías, que supieron conectar Domselaar con Chascomús y la Plaza Constitución, todavía se pierden en el horizonte entre los plátanos centenarios de la zona.

Una salida fotográfica con el grupo Siluetas nos llevó a conocer una historia llena de amor, pasión y muerte, con ribetes policiales y fantasmagóricos, detrás de la rica, bella y rebelde Felicita. Como figura aristocrática del siglo XIX y miembro de la familia Guerrero, su historia forma parte de las leyendas de las familias patricias que dieron forma a las tierras y estancias de la Provincia de Buenos Aires.

4.12.2012

Colombia, Bogotá, Botero, Catedral de la Sal, Zipaquirá, Cartagena


 Viaje Colombia

Preparativos, idas, vueltas, charlas, mapas, lecturas: todo nos ayuda para programar el viaje. Siempre existe una gran ansiedad, producida quizás por la incertidumbre que rodea a un lugar desconocido.

Partimos con Aerolíneas Argentinas desde Ezeiza y llegamos al aeropuerto: El Dorado, Bogotá, en horario y con un buen vuelo.

                                                                                 

  Calle empedrada en el centro histórico de Bogotá

                                                                      

Nos esperaba un taxista previamente contratado, un señor muy amable que fue respondiendo como pudo a tantos interrogantes. Nos trasladó hasta el Hotel Ibis Museo (habitación 1113).

Una llovizna transformada en lluvia nos acompañó en el camino. Nos tomamos un buen rato para reponernos del vuelo y de la noche que no dormimos.

Tarde de Botero

Salimos en busca de un puesto de información turística y a caminar hasta donde las piernas respondieran. 

Pabellón de información turística en un parque de Bogotá

En nuestra búsqueda de orientación, encontramos este pequeño pabellón neoclásico que funciona como centro de información turística. Elegante y discreto entre los árboles, parece más un capricho arquitectónico de otra época que una oficina de mapas y folletos. Bogotá tiene esa capacidad de sorprender en los detalles.


Los mapas nunca fallan, aunque a veces haya que debatirlos. Dos arquitectos, un plano y Bogotá por descubrir.


Ángel y Adrián consultando el mapa de Bogotá

A paso rápido, por la Carrera 7, llegamos hasta la Plaza Bolívar y de allí al Museo Botero.    

Un escarabajo convertido en obra de arte circula por La Candelaria. En Bogotá, la creatividad no tiene límites.

 Patio colonial del Banco de la República, sede del Museo Botero

El patio colonial del complejo cultural del Banco de la República, que alberga el Museo Botero, el Museo del Oro y otras colecciones. Bogotá tiene una oferta cultural extraordinaria.

Las figuras voluminosas de Botero siempre me intrigaron y atrajeron. Hay algo en esa exuberancia de formas, en esa abundancia casi desafiante, que no te deja indiferente. Luego de recorrer el museo, quedé atrapada entre sus pinturas y esculturas como quien cae en un sueño lúcido: todo es exceso, pero un exceso que tiene alma. Una cosa es ver sus imágenes reproducidas en libros o pantallas; otra muy distinta es plantarse frente a ellas, sentir su escala, dejarse envolver por esa humanidad redonda y generosa que Botero supo tallar y pintar como nadie. Porque detrás de la forma hay un mensaje: un profundo contenido social que el artista colombiano nunca abandonó, y que se hace aún más evidente en un detalle que me pareció hermoso: la entrada al museo es gratuita. Gratuita y abierta, no solo para los colombianos, sino para el mundo entero. Como si el propio Botero hubiera querido que su arte no tuviera dueño.

                           

                          Escultura de Fernando Botero en el museo de Bogotá  

31 de julio: Catedral de Sal de Zipaquirá.

Es bueno despertar mirando una ciudad desconocida, enmarcada por montañas. Las nubes acompañan la buena vista.

Nos pasa a buscar por el hotel el chofer Adonardo: puntual, subimos a su auto y comenzamos a transitar por calles con mucho tráfico. La amabilidad y la forma de comunicar son sus características sobresalientes.

Si bien teníamos alguna información sobre la Catedral de Sal de Zipaquirá, estábamos muy lejos de acercarnos a la realidad.



La indumentaria de los mineros que trabajaron estas galerías durante siglos. 
El túnel de acceso anticipa la escala y la oscuridad de lo que está por venir.

             Las siluetas humanas dan la escala de lo que se viene.


Un ángel tallado en sal anuncia su mensaje en la penumbra de la Catedral. La luz y la sombra se convierten en parte de la obra.

                                             

En las entrañas de la Catedral de Sal. La montaña nos envolvía, la luz hacía el resto.



                    Una lechuza de sal se esconde entre las raíces del árbol tallado.      



Hasta a 180 metros bajo tierra se puede tomar un buen café colombiano. La Catedral tiene su propia cafetería con bebidas temáticas para reponer energías después del recorrido.

                                  

La nave central de la Catedral de Sal de Zipaquirá. Tallada en la roca a 180 metros bajo tierra. Única!! 

  


La nave principal de la Catedral de Sal. Una de las obras de arquitectura religiosa más extraordinarias de América Latina.


Una cruz tallada en la propia roca de sal. Cada estación tiene su propio lenguaje visual, su propia manera de contar la historia.



El instante eterno del toque divino, recreado en mármol en las profundidades de la Catedral. Las grietas de la piedra parecen parte del diseño.


El recorrido sigue las 14 estaciones del Vía Crucis, cada una tallada en sal con esculturas de notable valor artístico.


Al final del recorrido por las distintas estaciones, nos esperaba una sorpresa serena: un espejo de agua de una quietud casi irreal. En ese espacio de penumbra y silencio, los reflejos se multiplican y el agua devuelve imágenes que invitan a detenerse, a respirar, a dejar que el lugar haga su trabajo. Después de tanto caminar y tanto asombro, ese remanso tiene algo de necesario.


De regreso, con la montaña ya en el recuerdo y el sol de Zipaquirá despidiendo.

Cerro Monserrate

Por la noche subimos en funicular al cerro Monserrate. El servicio sale cada diez minutos, así que la espera es breve. La recompensa, en cambio, es enorme: desde la cima, Bogotá aparece iluminada en toda su extensión, una imagen que difícilmente se olvida. Ver la ciudad desde lo alto, de noche, es una de esas experiencias que justifican la subida.


En la cumbre hay restaurantes — entre ellos el San Isidro y el Casa Santa Clara —, cafés y puestos de comida rápida. Al regresar, desde la base se llama a un taxi sin dificultad.

Información útil: El funicular funciona de lunes a sábado de 6:30 a 22:00 hs. y los domingos de 5:30 a 17:00 hs. El último servicio nocturno parte a las 12 de la noche. Conviene llegar con tiempo, ya que suele haber colas para comprar los tickets.


Hacia Cartagena de Indias

El 1 de agosto, un vuelo de LAN nos llevó desde Bogotá hacia Cartagena de Indias. Desde el aire pudimos ver por última vez esa ciudad que tan bien nos había recibido. En esos días de visita intensa fuimos descubriendo la amabilidad y el respeto de los colombianos, una cualidad que nos acompañaría durante todo el viaje.

Al llegar nos instalamos en el hotel Tres Banderas, céntrico, en pleno casco histórico. 

                   

Al llegar nos instalamos en el hotel Tres Banderas, céntrico, en pleno casco histórico. Nuestra experiencia nos dice que es mejor alojarse allí, donde se vive de cerca la riqueza cultural de Cartagena.

Sin perder tiempo salimos a caminar por esas calles angostas: la Torre del Reloj, la Plaza de los Coches, el Portal de los Dulces con sus frascos de dulces típicos alineados bajo los arcos. Una primera noche que terminó con una cena de muy buen sabor en un restaurante cercano al hotel.

                                           

                                                 Portal del dulces.

2 de agosto

Por la mañana recorrimos la ciudad con un guía: iglesias, conventos, plazas, hoteles de lujo que conviven con la piedra colonial. Terminamos con una comida rápida y un descanso bien merecido — el calor y la caminata lo pedían.

Los balcones del Pasaje Badillo, primos hermanos de los que admiramos en Lima: la misma herencia, distinto mar.  

Algunas imágenes que nos atraparon.

Los aldabones de bronce son otra firma de Cartagena: cada puerta, una pequeña obra de arte.

Los arcos del Palacio de la Gobernación, testigos de siglos de historia cartagenera.


Piedra, tiempo y fe: la iglesia de San Pedro Claver, una de las joyas del casco histórico.


  
  Los mercados de artesanías son un festín para los ojos — y una tentación difícil de resistir.

                    El mejor maitre de la ciudad no envejece ni se toma el día libre.


Así lucen por dentro los hoteles de lujo del casco histórico — donde la elegancia tiene siglos de historia.


Por la tarde fuimos hasta la muralla. El sol caía lentamente intentando tocar el mar, y los colores del cielo se iban transformando en algo difícil de nombrar. Nos quedamos en quietud, mirando. Algunas cosas no necesitan palabras.




   Piedra, tiempo y una reja oxidada — la garita de la muralla guarda siglos de silencio.

                                      

La muralla colonial con el Castillo de San Felipe al fondo: la ciudad que supo defenderse del mundo y nunca olvido cómo.

El Monumento a los Zapatos Viejos es uno de los emblemas más queridos de Cartagena. Lo creó el escultor Héctor "Tito" Lombana en 1957 como homenaje al poeta cartagenero Luis Carlos López, apodado el Tuerto, quien en su poema "A mi ciudad nativa" comparó el amor por su ciudad con el cariño que uno siente por sus zapatos viejos. La escultura — dos enormes botas de bronce, una parada y otra recostada — está ubicada detrás del Castillo de San Felipe y es parada obligada para los visitantes.

El día que estuvimos, el monumento estaba tan rodeado de gente que la foto era imposible. Adrián resolvió el problema a su manera: posó con los suyos.

                                

                          

Cartagena a los pies y el Caribe en el horizonte: la vista que regala el Cerro de la Popa.
                                 

De todos los transportes del viaje, ninguno tan colorido, tan ruidoso ni tan divertido como "La Cariñosa".

                             

La Plaza de Santo Domingo con la famosa escultura de Fernando Botero — la mujer recostada en bronce, voluptuosa y serena. Es uno de los lugares más queridos de Cartagena

Caminar Cartagena es vibrar con la literatura de Gabo. Cuando llegamos a su casa, pensábamos, soñábamos, que por allí salía, que lo veíamos, que conversábamos. Qué maravilloso y qué imposible.

                      


Gabo fue en nuestra juventud una compañía, una forma de descubrir otra literatura, de quedarnos en las siestas pensando en ese calor caribeño que él describía como nadie. Llegar a su casa en la Calle del Curato fue cerrar un círculo. Fotografiamos cada rincón posible desde afuera, sin poder entrar, pero sintiéndonos cerca.

                           


"Realmente amo estar en Cartagena; porque soy de allá, ¿comprende? Allá tengo una casa simple, sabrosa, acogedora, con vista al mar y a la ciudad vieja. Es como si fuera mi medio ecológico." Gabriel García Márquez

                               


     También en la noche Cartagena vibra.


Cartagena de noche abre sus puertas. Adentro, la fe. Afuera, la ciudad que no duerme.  

    


Luz cálida de las antorchas contra la noche, las faldas blancas con volados, la simetría perfecta de las dos figuras. Un toque muy turistico que se siente agradable.

                          


"Patagonia — Asados del Sur" en pleno centro histórico de Cartagena, con la bandera argentina colgada, paredes color terracota, ventanas y puerta verde. Un restaurante argentino en Colombia, la sorpresa fue grande. Miramos los precios y decidimos que en el Caribe lo que manda es el pescado. Acertamos.

Primer contacto con el mar. Hacia Isla del Rosario y Barú

15 de agosto

Navegación por mar. Isla del Rosario / Barú.

Llegamos al puerto cuando las últimas embarcaciones estaban por partir. Nuestro plan era conocer Barú, pero nos ofrecieron una alternativa tentadora: visitar la Isla del Rosario con buceo y almuerzo incluidos, para luego navegar hacia Barú.

Dejamos Cartagena en una buseta. Comenzó a llover muy fuerte y en Barranquilla nos cambiaron a otra combi, con lluvia torrencial durante todo el camino, hasta llegar al Hotel Estelar Santamar — un buen hotel ubicado en el sector de Pozos Colorados, aunque no en El Rodadero propiamente.

Las playas que deberían ser de arena blanca estaban contaminadas por el transporte del carbón de piedra que se exporta desde el puerto. Un verdadero desastre ecológico.

  

María Mulata, el ave emblemática de la costa caribeña colombiana, se pasea impávida por la arena oscura de Santa Marta.

Si en aquellos años las arena ya estaban penetradas por el carbón, hoy debe ser prácticamente imposible disfrutar de ese lugar. No es casual que el hotel ya no esté en su mejor momento.

Santa Marta tiene tren, pero no tiene tranvía. Hoy tiene carbón, pero no tiene más playa.

Santa Marta nos recibió con su ritmo caribeño y su desorden característico. Comenzamos a andarla resolviendo algunas cuestiones administrativas sobre los pasajes. La ciudad más antigua de Colombia —fundada en 1525— no disimula sus contradicciones: grandeza histórica y caos urbano conviven sin pudor. Las veredas, atiborradas de puestos de vendedores, le dan la espalda a cualquier pretensión turística.                          


Puesto callejero de comida en la vereda, muy típico del centro de Santa Marta.

                           
En Santa Marta hasta el coco tiene nombre propio. El Coco Loco, un clásico de las veredas caribeñas.


                                                          

La plaza mayor de Santa Marta, con su Catedral Basílica, invita a sentarse a la sombra y dejar pasar el tiempo caribeño.

Un gran chaparrón nos obligó a refugiarnos donde un grupo de artesanos ofrecía sus mercaderías. No fue mal refugio.

                                        

Las mochilas wayuu, tejidas a mano con lana y paciencia, son el símbolo artesanal de la costa caribeña colombiana.

Hacia el elogiado Tayrona

Partimos por la mañana hacia el Parque Nacional Natural Tayrona. Atravesamos la ciudad entre la marea habitual de puestos callejeros: comida, frutas y todo lo que la imaginación pueda ofrecer.

                              

Colorido, desvencijado y con nombre de oración. El transporte interno del Parque Tayrona tiene su propia liturgia.

Al ingresar al parque, nuestro destino fue Playa Cristal. Llegamos en una pequeña lancha que nos depositó en la orilla de Neguanje, una playa de aguas totalmente cristalinas que justificó cada kilómetro del camino.

        
Navegación por mar: Isla del Rosario y Barú


Llegamos al puerto cuando las últimas embarcaciones estaban por partir.

 Nuestro plan era conocer Barú, pero nos ofrecieron una alternativa tentadora: visitar la Isla del Rosario con bu

ceo y almuerzo incluidos, para luego navegar hacia Barú. No lo dudamos.


                               

La arquitectura del Caribe: paja, madera y mar. Todo lo que hace falta.

El viaje desde Cartagena lo hicimos en buseta. Comenzó a llover muy fuerte. En Barranquilla nos cambiaron a otra combi bastante deficiente y la lluvia, torrencial, nos acompañó durante todo el camino.

Llegamos al Hotel Estelar Santamar, un excelente hotel ubicado en las cercanías de El Rodadero, aunque no dentro del balneario mismo. Las playas de esta zona están seriamente contaminadas por el transporte de carbón mineral que se exporta desde el puerto. Un desastre ecológico que continúa.

Taganga

Desde el hotel tomamos un taxi hasta Taganga, pueblo de pescadores donde el paisaje se arma con embarcaciones, agua, morros y una costanera con puestos de comida.

En una pequeña embarcación llegamos a Playa Grande, que contradice su nombre: mucha gente para un lugar pequeño. 


   No sé su nombre. Tenía la edad de un sueño y la calma de un viejo marinero

La comida, como en casi todos los lugares, fue mojarra dorada, recién sacada del mar, acompañada con arroz al coco, patacones —banana aplastada y frita— y lechuga  


El menú de la costa: mojarra recién salida del mar, patacones dorados y arroz al coco.




En Playa Grande, el masaje viene con pulgar en alto y sonrisa incluida.



Taganga. Las lanchas descansan entre viaje y viaje, amarradas a la tarde.


No hubo puesta de sol. Hubo algo mejor: esa luz quieta sobre el agua.





Un día de playa, sol, charlas y caminatas. Regresamos en el barquito con la esperanza de ver la puesta de sol en Taganga, pero las nubes hicieron lo suyo. Volvimos al hotel en taxi: ocho pesos desde Santa Marta, veinte desde Taganga.






            Neguanje nos regaló este fondo. Nosotros pusimos las sonrisas.

Decidimos llegar nuevamente al parque Tayrona por mar. Desde Taganga tomamos una lanchita, luego de más de una hora de viaje arribamos a Bahía Concha. Fue un viaje de "Turismo Aventura": el mar zarandeaba el barquito, no daba ningún tipo de seguridad, las olas salpicaban, nos bañaban sin pedir permiso. Personalmente estaba intranquila.

                                 

En medio del zarandeo, este barquito amarillo apareció a nuestro lado. El mar caribe no perdonaba a nadie.


Bahía Concha nos recibió así. Uno entiende por qué vale la pena el viaje en barquito.

Cuando fuimos llegando nos llevaron a hacer snorkel. Playa Alta fue el lugar donde el balsero nos dejó; allí nos ofrecieron un almuerzo. Caminatas, fotografías. El regreso fue mucho más calmo, el viento estaba a favor.

Tomamos un taxi que nos llevó al hotel. Un rato de ciudad en Rodadero y una cena buenísima en "Donde Chucho", un lugar que ya sentíamos propio. Chucho en persona se había encargado de eso: se sentó en nuestra mesa, nos contó su vida, la fiesta de quince que preparaba para su hija. Nos invitó a probar distintos platos sin costo, nos dio vasos con su nombre. No sé si lo hace con todos. Pero con nosotros funcionó. 

Camarones en Donde Chucho. Chucho en persona se sentó con nosotros, nos contó su vida y nos invitó a probar


Otro de los platos que Chucho nos invitó a probar. Mariscos frescos, generosidad sin límite.





Último día de playa

Optamos por el descanso, nos quedamos en la playa del hotel. El día transcurrió entre mar, pileta, palmera, almuerzo en la playa, lecturas, lluvia, sol, fondo de barcos.


Una garza blanca paseaba por la orilla como si la playa fuera suya. Tenía razón.


Bajo las palapas de paja, el tiempo pasaba despacio. Exactamente lo que necesitábamos.






  El Caribe se fue con este atardecer. Difícil decirle adiós.








Tomamos un vuelo desde Santa Marta a Bogotá. Un descanso breve y a caminar. Enfilamos por la Carrera 7 hacia la Plaza Bolívar. Los puestos de venta en la calle son múltiples, variados, bulliciosos. Pasamos frente al Museo Nacional de Arte.

Un domingo en Bogotá es otra cosa. Es mágico. Las calles se vuelven peatonales desde las 7 hasta las 14. Multitudes de familias caminan, corren, pedalean en grupos. Los puestos de comida se agolpan: verduras, frutos típicos, carnes, huevos frescos, chancho asado.

En esa caminata descubrimos el Museo del Oro. Los domingos la entrada es gratuita. De martes a sábado es paga. También entran sin cargo los niños menores de 12 años, los adultos mayores de 60 y los indígenas. La tienda de souvenirs, en cambio, no perdona.


                                                              El patio interior del Museo del Oro: ladrillo colonial, vegetación generosa y una escultura de acero que dialoga con los siglos.





El Museo del Oro nos muestra piezas originales, impactantes, que honran una verdad: su origen indígena precolombino.

   Así se adornaba un cacique. Las piezas de oro dispuestas sobre una silueta humana explican sin palabras lo que ningún texto podría.


 Las piezas están cuidadas, respetadas. Aquí no hubo robo, no hubo saqueo. Fueron recuperadas por el Banco de la República de Colombia, que las fue comprando a coleccionistas privados y rescatando del mercado negro y del huaqueo —el saqueo de tumbas indígenas— en un trabajo enorme que llevó décadas.

Miles de años después, esta figura sigue teniendo algo urgente que decir.

Un doble placer, entonces: maravillarse ante las piezas de oro y cerámica, y saber que este museo pertenece a Colombia, que su colección invaluable se visita, se disfruta, y está al alcance de todos.


La elegancia precolombina: pectoral de oro rodeado de cuentas de concha. Cada pieza, un mundo.





Mitad hombre, mitad ave. El chamán de oro extiende sus alas y su sombra lo acompaña en la pared, como un eco del otro mundo.




La vista magnifica, el descanso merecido







Recuperándonos. Después de tanta maravilla, el cuerpo pide pausa. 







Seguimos hacia la Plaza Simón Bolívar. 

Entramos a la Catedral. 

                                         


La gente ingresa y apoya las bicicletas contra las columnas, como si fuera lo más natural del mundo.



Tomamos un taxi y por circunvalación llegamos a Usaquén. Allí funciona una feria artesanal con mercadería de buena calidad. Es zona de estrato 6: todo cuidado, prolijo, ordenado. Un contraste fuerte con otros rincones de Colombia. Almorzamos muy chévere. Artesanías, caminatas y buseta de regreso.

                         


Los estratos sociales aparecieron varias veces en el viaje. En Barú, durante un almuerzo, un señor que se decía economista nos dio una explicación formal: del 1 al 6, cada uno con su lugar en el mapa social. Después, en Bogotá, el taxista lo mencionaba con absoluta naturalidad mientras recorríamos distintos barrios: "Acá nació Valderrama, el estrato de este barrio es el 2. Seguimos... acá estamos en el 3." Teoría y práctica. La estratificación social está ampliamente arraigada, y nadie parece cuestionarla.

El colombiano por lo general es muy amable, tiene un tono agradable para pedir las cosas: “me regala una firma?”. Suelen acompañarte u orientarte hacia el lugar que quieres llegar.

By, by Bogotá, Colombia. Vuelo de Aerolíneas  Argentina con cierta demora, porque no había pista. 

Hotel Ibis Bogotá Museo — Bogotá Muy buena atención, personal cordial y buen precio en relación al servicio brindado. En la puerta hay un servicio de taxi que, si bien es algo más costoso que los taxis de la calle, ofrece seguridad y calidad. El desayuno es bueno y las habitaciones están limpias. Un detalle: no tiene calefacción. Aunque entregan un calefactor a pedido para la habitación, los espacios comunes son fríos.

Hotel Tres Banderas — Cartagena Muy bien ubicado, en la ciudad amurallada, barrio de San Diego, a una cuadra de la plaza.  El centro y la noche están a un paso. Se puede ir y volver caminando tranquilamente.Hay mucha vigilancia en la zona. El hotel está limpio, cuidado y agradable; el personal siempre orienta y responde las dudas. El desayuno es pobre: en aquel momento una sola camarera debía arreglárselas con todo. Muy eficiente, pero cuando el comedor se llenaba no daba abasto. Es posible que con los años hayan solucionado esta situación.

Hotel Estelar Santamar — Santa Marta Excelente. Los espacios comunes se mantienen limpios y la recepcionista es muy eficiente. Las habitaciones son amplias, con camas y almohadas muy buenas. El desayuno sorprende por su variedad y calidad. Tiene playa privada: entregan toallas, hay mesas y lugares para resguardarse del sol, y también incluyen un café. La evaluación general es excelente. Su problema, en aquel momento, era el carbón mineral: lo que debería ser una playa de arena blanca y agua transparente se había convertido en una playa con arenas mezcladas con carbón y aguas no tan claras. El debate sobre el impacto del carbón en las playas de Santa Marta continúa hasta hoy.

HOTELES DEL VIAJE A COLOMBIA — Datos de contacto

Bogotá — Hotel Ibis Bogotá Museo 📍 Transversal 6 N° 27-85, Centro Internacional 📞 +57 321 490-9395 🌐 all.accor.com/hotel/7318

Cartagena — Hotel Tres Banderas 📍 Calle Cochera del Hobo N° 38-66, Barrio San Diego 📞 +57 5 660-0160 / 660-2112 — Cel: +57 310 366-9116 📧 info@hotel3banderas.com 🌐 hotel3banderas.com

Santa Marta — Hotel Estelar Santamar 📍 Km 8, Pozos Colorados 📞 +57 5 432-8181 — Cel: +57 315 871-9800 🌐 hotelesestelar.com/estelar-santamar




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