Feregotti café.
En Tolosa, la pinturería Feregotti sigue mostrando su herencia de trabajo y colores.
7 523 y 523bis
Tolosa, La Plata.
VIANE ~ Cocina Encuentro & Despacho
Viane.taplink.site
Sábados de 8:00 a 21hs.
Soy Graciela, viajera y narradora de experiencias. En este blog comparto relatos, consejos prácticos y rutas basadas en mis viajes reales por Argentina y el mundo. Mi objetivo es ayudarte a planificar viajes con información honesta, recomendaciones de alojamiento y actividades probadas por mí. Si querés conocer más sobre mis viajes o colaborar, seguime en las redes o escribime desde la página de contacto.
VIANE ~ Cocina Encuentro & Despacho

Capadocia nos recibe con un corazón en lugar de letra.
El paisaje se insinúa detrás: piedra que escucha, vuelo que se eleva, mercado que respira, caminos que se abren, suelos que guardan imágenes.
Capadocia es una región histórica en el corazón de Turquía, conocida por sus formaciones rocosas únicas, sus ciudades subterráneas y sus viviendas excavadas en la toba volcánica.
A lo largo de los siglos, fue habitada por hititas, persas, griegos, romanos y bizantinos: un cruce de culturas, de rutas, de memorias.
Hoy, sus paisajes lunares y su patrimonio espiritual la convierten en un lugar de contemplación y asombro.
Capadocia: el comienzo de otro asombro
Viajar a Turquía va mucho más allá de conocer Estambul.
Descubrimos que Estambul es inmensa, llena de capas.
Lo único que uno logra es recorrer algunos lugares icónicos.
Lo demás queda allí… como promesa suspendida, como esperanza que respira en lo no visto.
Desde allí, nos trasladamos en bus hacia un aeropuerto moderno, de dimensiones sorprendentes.
Íbamos con el grupo y el guía, ya envueltos en esa complicidad que nace entre viajeros.
Volamos a Capadocia.
En cada imagen se percibe el misterio, la espiritualidad y la arquitectura como refugio. Capadocia se ve tallada en la roca. La piedra respira, y nosotros aprendemos a escuchar.
Continuamos caminando.
La roca tallada aparece frente a nosotros como una presencia viva.
Los árboles se insinúan entre los senderos. No sabemos qué vendrá.
Todo es distinto, como si estuviéramos entrando en una tierra que no nos pertenece del todo.
Las piedras inmensas guardan secretos.
Las ventanas son mínimas, los pasajes estrechos.
Nos cuentan que aquí vivieron monjes, cazadores, agricultores.
Un lugar de recogimiento. De vida austera.
El silencio es profundo, casi absoluto.
Solo se interrumpe por nuestra presencia, por el murmullo de los turistas que, como nosotros, intentan comprender.
Me pregunto si no estamos de más en este sitio casi sagrado.
No me atrevo a subir. Hay algo en esa altura que exige respeto.
Tal vez el verdadero ascenso no sea físico, sino interior.
El paisaje cambia. Se abre, se extiende.
Las rocas siguen talladas, pero ahora hay campos verdes, árboles dispersos, una sensación de amplitud que invita a mirar más lejos.
Nos detenemos.
La vista alcanza una meseta con estructuras excavadas, como si la montaña misma hubiera sido habitada.
Todo parece suspendido entre lo natural y lo humano, entre lo que fue y lo que permanece.
Capadocia no solo se eleva: también se hunde.
Bajo sus paisajes lunares, la piedra guarda secretos.
Ciudades subterráneas, talladas en toba volcánica, se extienden en profundidad.
Túneles estrechos, chimeneas de aire, pasajes de sombra y resistencia.
Refugios en tiempos de guerra.
Arquitectura del silencio.
Diseñadas para sobrevivir.
Para proteger la vida.
Mirábamos. Recorríamos. No sabíamos qué venía después. No había caminos, solo espacios excavados en la piedra: iglesias, casas, refugios de una vida tan distinta a la nuestra que parecía de otro tiempo.
¿Era esto real? ¿O un sueño tejido por los relatos del guía, que nos conducía hacia lugares donde la piedra hablaba en susurros.
Entonces, desde afuera, con la luz bañando una tierra desconocida, me acerqué a una realidad que parecía irreal.
Como si lo vivido adentro me hubiese enseñado a mirar con otros ojos.
Nota al pie – Contexto sobre los vuelos en globo en Capadocia
Volar en globo sobre Capadocia es una de las experiencias más emblemáticas del viaje.
Cada mañana, si el clima lo permite, entre 150 y 200 globos surcan el cielo al amanecer.
La actividad comienza entre las 3 y las 5 de la madrugada: recogida en el hotel, desayuno ligero, traslado al punto de despegue.
Las condiciones para volar son estrictas: se requiere cielo despejado, sin viento fuerte ni niebla.
Es la Aviación Civil de Turquía quien autoriza los vuelos cada día.
El recorrido suele durar una hora, sobrevolando valles como el de las Rosas, el Rojo, el del Amor y el Castillo de Uçhisar.
Para muchos viajeros, este vuelo simboliza el momento en que el viaje se eleva:
una pausa suspendida entre tierra y cielo, donde el silencio y la belleza se funden en lo alto.
El sendero de mármol
Luego de mucho andar, llegamos a un gran camino, donde
nuestros pies se posaban sobre mármoles antiguos. Un sendero sin demasiadas
certezas, apenas intuiciones.

Las columnas caídas, los frisos desgastados, ya no nos dicen nada: solo signos, fragmentos....gestos detenidos.
La arquitectura que vemos aquí —con sus columnas corintias, frisos esculpidos y la mezcla de piedra restaurada y original— está detenida en el tiempo.
No hay voz.
No hay inscripción que nos guíe.
Y entonces....el silencio.
Preguntas al saber
Ese tránsito —hecho de piedra, de viento, de preguntas— nos
llevó finalmente a la Biblioteca de Celso.
Y al verla, pensé en los sabios que la habitaron.
¿Qué habrían hecho ellos con este poder que hoy llevamos en
la mano?
¿Qué habrían escrito, compartido, tejido, si el saber no se deslizara en rollos, sino en redes invisibles?

Un 1° de mayo, día cargado de significación histórica y política, regresábamos a Estambul El guía, visiblemente preocupado, intercambiaba frases con el conductor —hábil, responsable— mientras mantenía activo su celular.
Las miradas entre ambos eran constantes.
Finalmente, una información:
- “No podremos dejarlos en
el hotel. Es una zona a la cual se nos impide ingresar.” -
La plaza Taksim es un lugar de enorme peso simbólico para los movimientos sociales.
Allí se reúnen trabajadores y ciudadanos para protestar, manifestar, celebrar. Nuestro hotel estaba muy cerca de esa plaza.
Donde florece la piedra.
Los muros respiran historias que aún no se han dormido.
Pamukkale: el castillo de algodón
Después de la flor entre piedras, llegamos al castillo de algodón.
Allí, la tierra se derrama en blanco, como si el tiempo hubiera decidido descansar.
Pamukkale: donde la piedra se vuelve nube
Pamukkale, en la provincia de Denizli, es una maravilla natural que parece brotar del sueño de la tierra.
Su nombre, “castillo de algodón”, no exagera: las terrazas blancas de travertino, formadas por aguas termales ricas en calcio y bicarbonato, se derraman como nieve detenida en el tiempo.
Declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1988, Pamukkale es más que paisaje: es rito.
Visitantes de todo el mundo se sumergen en sus aguas tibias, buscando alivio, belleza, o simplemente el asombro de caminar sobre piedra blanca que parece nube.
Yo no pude resistirme. Aunque la ropa no era la adecuada, me descalcé. Dejé que el agua recorriera mis pies. Fue un gesto mínimo, pero profundo.
Como si el cuerpo recordara algo que la mente aún no había nombrado.
Los gatos en Turquía no solo abundan:
Hierápolis y Pamukkale son parte del mismo sitio arqueológico y natural. Las ruinas de la antigua ciudad conviven con el paisaje verde de la provincia de Denizli.
Centauros en movimiento, figuras humanas en tensión, relieves que parecen contar una batalla que no termina. Es como si la piedra estuviera aún caliente de historia. No sabemos qué mito sostiene esta escena, pero la piedra lo guarda. Tal vez tan solo quiere que la miremos.
El Museo del Ladrillo La historia hecha ladrillo nos invita a pasar... El Museo del Ladrillo Cuan...