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10.19.2026

Marruecos: El desierto

 El desierto

Posiblemente nos pasó que, cuando hablamos de Marruecos, se nos presenta la imagen del desierto. Y ahora, estando en el mismo Marruecos, allí está el Sahara. Hay una imagen: esas dunas casi naranjas y los dromedarios.


                El Sahara tal como lo imaginábamos: dunas anaranjadas y dromedarios en reposo.

Los dromedarios, todos sentados, esperaban la salida hacia las dunas. Son animales dóciles y tranquilos. Una vez que uno sube, se ponen de pie en dos tiempos: primero levantan las patas de atrás y después las de adelante. Hay que enderezarse y acompañar el movimiento. Pasado ese sacudón, solo queda disfrutar el camino. 


                      Listos para salir: el campamento queda atrás y el pañuelo ya está puesto.



Pañuelo contra el sol y el polvo, y la mirada de Ángel puesta en el cielo del desierto.


                           La caravana avanza despacio sobre la arena anaranjada.

               

    Descansan y esperan, mientras nosotros disfrutamos los médanos.

Estamos a unos 2 metros de altura y nos adentramos en algo increíble, que no tiene comparación: único, inmenso, infinito. Dunas doradas, de arena con granos muy finitos. El día que recorrimos el desierto estaba sereno; cuentan que el viento levanta nubes de polvo que viajan miles de kilómetros. Nos favoreció la calma, pero las nubes no nos dejaron ver la puesta del sol.

                            


Dunas doradas hasta donde alcanza la vista; a lo lejos, un grupo cruza en cuatriciclos.

El guía, un señor humilde y alegre, además de caminar guiando al primer dromedario, sacó fotografías. Miramos a otros grupos, los que recorren el desierto en 4x4, y sentimos la soledad que representábamos en esa inmensidad. Regresamos montados en esos dromedarios a paso lento hasta el campamento.

                           

                                      

                                Ángel y el guía, con los dromedarios descansando atrás.

Allí nos esperaba un reconocimiento a quienes viven en carpas: un té de menta. 

        Charla con el guía antes de entrar a la carpa, todos con nuestros pañuelos de colores.

Anochecía. Nos acercamos a un gran patio donde se hicieron escuchar los tambores, tan típicos de los pueblos marroquíes, hubo algo de baile y una muy buena cena con el típico tajín.

                                  


Con su turbante azul y su túnica bordada, el anfitrión que organizó y sirvió la cena.

Habíamos hecho el recorrido hasta allí en una camioneta, y nuestro chofer nos estaba esperando; su turbante blanco ya no estaba tan impecable, pero aún lo conservaba. Cruzamos el desierto, donde el terreno se compone de gravilla, salinas y meseta rocosa, hasta llegar a la ruta.


Las camionetas nos esperaban en medio del desierto de piedras, junto a una carpa negra.

Nuestro chofer, con su turbante blanco, cruzando el desierto de regreso a la ruta.

 El hotel parecía un mundo nuevo.

                                     

   Después del desierto, el hotel: palmeras iluminadas y una pileta celeste en plena noche.

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