Bratislava: bulliciosa
Salimos de Praga hacia Budapest el 1 de mayo. No había demasiado tránsito y un día de sol nos acompañaba; disfrutamos de un paisaje agrícola, de los pinos que bordean la ruta y del amarillo de las plantaciones de colza. Viajamos por una antigua carretera (de 1950) que unía la República Checa con Yugoslavia: construida con trozos de cemento y anchas juntas, transitar por ella daba la sensación de ir con las ruedas pinchadas.
Llegamos a Bratislava, la capital de Eslovaquia, donde vimos por primera vez el Danubio, con un puerto de gran actividad. Ya en la ciudad nos encontramos con festejos muy coloridos: la sentimos acogedora, con una gran oferta artística en las calles, mucho bullicio y mucha alegría en cada rincón que recorrimos. Luego de un almuerzo con una cerveza —dicen que es la mejor— partimos hacia Budapest.
Ingresamos al hotel Ramada (habitación 6617). Buena cena, charla y una recorrida por la plaza pegada al hotel; el cansancio de tanto andar nos mandó a dormir.
Un domingo en Budapest: la visita panorámica
Por la mañana partimos a una visita panorámica de Budapest: seductora, romántica, amplia, majestuosa. Allí están Buda, la vieja ciudad medieval construida sobre la colina, y Pest, el ensanche de la gran urbe.
Nuestro guía era Jorge, con un fuerte compromiso hacia la ciudad y su historia; decía que "el milagro es haber conservado esta ciudad, y la necesidad de seguir conservándola". Con lluvia llegamos a la Plaza de los Héroes, donde está el Memorial del Milenio, que muestra a las siete tribus magiares que fundaron Hungría. Salimos de la plaza por la avenida Andrássy y vimos el zoológico, los baños termales, el castillo de Buda junto al Puente de las Cadenas, y la ópera, un edificio neorrenacentista. Nos maravillamos con el Parlamento.
El idioma es completamente diferente al nuestro, de raíces asiáticas, muy difícil de "percibir" lo que hablan. El Danubio, fuente de inspiración para numerosos artistas, separa a Buda de Pest; enormes puentes unen ambas orillas, así Buda —la antigua sede real y la zona residencial— se va reuniendo con Pest, el corazón económico y comercial de la ciudad, de edificios modernos. El Parlamento, la Basílica de San Esteban, el barrio de Buda y el río Danubio son, entre otros, los atractivos más importantes de la capital de Hungría. Subimos hasta el barrio del castillo, donde está el Palacio Real de estilo barroco y la iglesia de Matías.
La tarde libre y el atardecer sobre el Danubio
Por la tarde salimos a nuestro ritmo. Subimos a la línea azul del subte, bajamos para caminar hasta la catedral de San Esteban, la recorrimos por dentro y luego subimos hasta el mirador, desde donde hay una visión total y magnífica de Budapest. Desde ahí caminamos hacia el Parlamento y lo fotografiamos por fuera; después, combinando subte por la línea amarilla, bajamos en la ópera y seguimos la caminata hacia todos los lugares que nos iban llamando la atención, con una parada en el café "El Costa" para reponer fuerzas y recorrer las calles paralelas y perpendiculares al Danubio. La música nos fue acompañando en cada momento: toda una fiesta, ese domingo en Budapest.
Esperamos el atardecer para navegar por el Danubio. Un espectáculo inigualable, mágico: comenzaron a iluminarse los palacios, monumentos, edificios y puentes —el de las Cadenas, el Elizabeth— y todo se fue reflejando en el río, que no es tan azul ni tan traslúcido como dicen. Imperdible.
Cenamos algo en el centro y volvimos triunfales en subte —hay que recordar que siempre hay que tickear los pasajes, porque las guardias esperan a los turistas desprevenidos y controlan fecha y hora—. Nos llamó la atención la cantidad de gente joven en las calles: Budapest se ve como una ciudad joven, que va creciendo. Nos despedimos de ella con lluvia y gastando los últimos florines, la moneda de Hungría
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