Llegada a Praga
En el viaje nos dieron algunas palabras en checo, recomendaciones para movernos por la ciudad y una advertencia sobre la tosquedad de los checos. La moneda oficial de la República Checa es la corona checa (CZK o Kč).
A las 14 llegamos a Praga y nos alojamos en el Clarion Congress Hotel. Tomamos el metro, cercano al hotel —sabíamos que había que ir en dirección Ziclin (Z) y, de regreso, dirección C— y así llegamos hasta la plaza central. Caminamos, nos admiramos, charlamos: nos gustó ir prendiéndonos de a poco de una gran ciudad, muy turística.
Conociendo Praga
Con un día soleado partimos hacia el centro histórico. Nuestra guía era checa y se caracterizó por su apuro en llegar a todo lugar.
Praga se asienta a ambos lados del río Moldava y está dividida en cinco barrios, cuyos nombres corresponden a las cinco ciudades que originariamente crecieron a sus orillas: Staré Město (la Ciudad Vieja, el centro), el Barrio Judío (Josefov); al otro lado del río, Malá Strana (Barrio Menor), con su zona elevada llamada Hradčany; y al sur, Nové Město, la Ciudad Nueva.
La Plaza de la Ciudad Vieja
Comenzamos el recorrido por la Plaza de la Ciudad Vieja, un hermoso espacio público rodeado de monumentos. Vimos desde afuera la Iglesia de San Nicolás, el Teatro Municipal, la Torre de la Pólvora y la Casa de la Virgen Negra. En la plaza de Wenceslao escuchamos algo de la historia vivida en Praga.
Contemplamos desde afuera el teatro donde se estrenó la ópera Don Giovanni, con la impresionante escultura de "El Comendador" a un costado. El fin de la mañana fue para el espectáculo del reloj astronómico de la municipalidad, de un encanto particular: esperamos que los doce apóstoles y el canto del gallo nos dieran la hora, todo coronado por un trompetista que, desde lo alto de la torre, interpreta música y espera los aplausos de los siempre amontonados turistas.
El Barrio Judío
Caminamos rápidamente por la calle Paris hacia el Barrio Judío: vimos las sinagogas y las callecitas que llevan al cementerio judío.
El castillo y sus alrededores
Luego de un descanso nos dirigimos hacia el castillo de Praga, que se muestra imponente, rodeado de árboles y jardines —sus imágenes desde afuera son mucho más arrolladoras que la visita interna—. Desde lo alto se ve magníficamente toda la ciudad. Bajamos por la calle J. Neruda, donde las casas se identifican con signos en lugar de números; muchas son hoy lugares para comer o tiendas de artesanías, en una zona pintoresca que conviene caminar despacio.
Continuamos hasta la catedral de San Vito, de estilo neogótico, y pasamos por el Callejón del Oro, con sus casitas pegadas al muro —en una de ellas dicen que vivió Kafka—. Por último llegamos a la iglesia de Santa María de la Victoria, donde está el Niño Jesús de Praga.
Una primera impresión
De esta visita nos quedó la sensación de conocer todo demasiado rápido y sin mucha organización. Todavía no habíamos cruzado el famoso puente Carlos, que separa la ciudad en dos mitades: por un lado el castillo y Malá Strana, por otro la Ciudad Vieja y el Barrio Judío.
Se percibe la fuerte impronta que dejó la invasión alemana, la adhesión obligada al bloque comunista y la Primavera de Praga del 68. Hoy se ve, en cambio, una gran adaptación al Mercado Común Europeo.
Festejando
Praga es uno de los lugares más bonitos del mundo, un lugar mágico, el paraíso de los románticos. Y el 30 fue, además, un día de festejo: mi cumpleaños, el regalo prometido.
Salimos luego de un desayuno sin apuros y tomamos el subte hacia Malá Strana. Disfrutamos de las calles serpenteantes, de las subidas y bajadas, nos detuvimos en los distintos emblemas de las fachadas de las casas de la calle Nerudova, nos perdimos por los barrios, hasta llegar al puente Carlos (en checo, Karlův most), el más viejo de la ciudad, que atraviesa el río Moldava. Sus torres góticas marcan el ingreso; las estatuas a los costados, junto a los músicos, pintores y artesanos instalados sobre el puente, hacen que recorrerlo sea un disfrute pleno. Es un lugar sumamente asombroso: el río enmarca el paisaje y le da un romanticismo muy particular. Hay algo, eso sí, que rompe un poco el encanto: la gran cantidad de gente, en su mayoría, como nosotros, turistas.
Cruzamos al fin el puente y llegamos a la Ciudad Vieja, donde seguimos recorriendo calles y plazas. La primavera, con los tulipanes en flor, los malvones y los cerezos, le daba un toque de color a cada rincón.
Praga se recorre a pie; los subtes funcionan bien y son rápidos. En la República Checa se estima que cada persona bebe 157 litros de cerveza por año. Es un país caro, y su cocina no es de las mejores.
"La historia, la mezcla de estilos en su estética, la han convertido, según los expertos viajeros, en la ciudad más interesante para conocer."
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